EL MALCONTENTO

Barro Blanco, cuando los panameños no importan: Paco Gómez Nadal

Barro Blanco, cuando los panameños no importan: Paco Gómez Nadal Barro Blanco, cuando los panameños no importan: Paco Gómez Nadal
Barro Blanco, cuando los panameños no importan: Paco Gómez Nadal

Sabemos que hay cosas importantes y hechos absolutamente accesorios en el discurrir esquivo de la historia. Es importante el crecimiento del PIB, la carrera artística de Shakira, los créditos hipotecarios, las cifras del turismo, un partido de fútbol entre dos equipos ajenos, la lavadora sin límite de Waked o la entrada por la puerta trasera a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. La gente –nuestra gente–, ya sabemos, no es importante.

La Autoridad Nacional de los Servicios Públicos (ASEP) insiste en inundar Barro Blanco, un proyecto maldito desde el día uno y que ya ha dejado sangre y dolor sin límite en las comunidades ngäbe y buglé que habitan las tierras sagradas del Tabasará. La ASEP, de manera inconsulta y arrogante, ya está inundando las tierras de la comarca porque, aunque lo nieguen, la Ley 10 del 7 de marzo de 1997 señala, en su artículo 10, que el corregimiento Bakama es parte de la comarca dentro del distrito Müna. Y es en Bakama donde están Quebrada Caña, Nuevo Palomar, Kiad o Quebrada Plata, lugares donde habita gente; gente que insiste en no cambiar su tierra por dinero, ni su dignidad por fotografías con el presidente, ni su río de vida por un futuro de chantajes.

Sabemos que hay cosas importantes, como las hidroeléctricas: el mayor foco de conflictos socioambientales en Panamá. Nos repiten, como loros enfermos, que la energía es desarrollo, que el desarrollo va a llegar a las comunidades que se sacrifiquen por el resto de panameños, y que, en todo caso, el desarrollo, como si de una locomotora desbocada se tratase, no hay quien lo pare.

No vamos a pensar mucho. No es tan importante preguntarse para quién o para quiénes es la energía que se generará en Barro Blanco. De hecho, nadie se pregunta ya cómo mejoró la vida de anteriores resistentes, como los panameños y panameñas que resistieron ante los proyectos de Chan 75 o de Bonyic. Pocos se acuerdan del viejo Esteban Torres Durán, el último resistente naso en el río Teribe. Esteban anunció que la empresa vería “muerto a este perro, pero en este mismo terreno” y así ocurrió en 2011.

Entonces…¿para quién o para qué es la energía? ¿Para el desarrollo de quién o de quiénes? No es para la industria, el cliente más pequeño de las empresas distribuidoras de Panamá. Solo un 0.18% de los clientes son industriales y entre todos, a finales de 2015, no habían consumido ni el 6% del total que produce Panamá. Tampoco es para las personas. Aunque el 88.94% de los clientes energéticos son residenciales no llegan al 34% del consumo. Entonces, insisto, ¿para quién es la energía del desarrollo? Pues para el sector comercial que, representando solo el 9.71% de la clientela, engulle el 47% de toda la energía. Ahora, pensemos –aunque esté penalizado– qué significa eso: Panamá arruina el presente e hipoteca el futuro de Bakama, como hace con Chiriquí o con Bocas del Toro, para poder tener supermercados abiertos 24 horas o para poder seguir construyendo en cada recodo de las ciudades megacentros comerciales con aire acondicionado y con miles de bombillos que cada segundo representan el fin de un pueblo, la tristeza de una comunidad.

El Gobierno no es tonto. Sabe que el 59% de ese consumo se concentra en ciudad de Panamá y que todas las comarcas indígenas juntas no suponen, en la balanza del consumismo energético, ni el 0.03%.

Llegamos así a lo que no importa: no importa inundar unas tierras en las que solo habitan unas 500 personas que se interponen entre nosotros y el “progreso”; no importa reírse del país al hablar de autoridades tradicionales ngäbe aunque sepamos (el Gobierno lo sabe) que la sentencia de la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia que anuló el decreto ejecutivo 537 de 2010 significa que al día de hoy no hay autoridades legales en la comarca Ngäbe-Buglé; no importa que haya manifestaciones en Panamá, David o Changuinola cuando se cuenta con la mirada selectiva de los medios para no contar todo; ni importa desalojar con violencia los campamentos de protesta, porque se hace sin testigos y son las cámaras de la Policía (ya experta en marketing en redes sociales) las que deforman la realidad hasta convertirla en chiste. No importa la gente, porque estos panameños, los de la cara oculta del consumo y el desarrollo, no deben ser tan panameños. Antes, esos no panameños buscaban fuera la justicia que no encontraban dentro. Pero, ahora, la ONU contrata a los mediadores especializados en que la gente pierda sin que así parezca, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos no tiene dinero ni para pagar la luz, y la gente que no tiene pasaporte resiste casi sola en las riberas del nuevo embalse de Barro Blanco. Su terquedad es la de la tierra.

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