BURLA A LA DIGNIDAD HUMANA

Batalloneros al poder

Para ser batallonero en 1988 se requería amarulencia, no solo contra una clase política sino, primordialmente, contra una clase específica de ciudadano: “Civilista visto, civilista muerto”.

Aún tengo vivas las imágenes de las paredes del Aeropuerto internacional de Tocumen –para hacer partícipe al resto del mundo– amén de las de calles y avenidas, edificios privados y públicos, vestidas de estas premisas de rencor y odio, de esos trazos convulsivos que destilaban, cual cañería de aguas negras, porquerías. Ninguno ni nadie fue “engañado” para lucir estos sentimientos. Los corazones de sus dueños se nutrían de hiel verde olivo y las confrontaciones con sus conciencias estaban tan ausentes, como ausente era la vida democrática.

A pesar de tener el apoyo y el origen en la más rancia ideología del Partido Revolucionario Democrático (PRD), el brazo político de los militares golpistas, la arenga no era solamente contra los partidos que se oponían a las arbitrariedades del uniformado sino contra la ciudadanía que reclamaba libertad.

La “dignidad” de aquellos maleantes –ganada en la fuerza del golpe, la paliza, la amenaza y la burla– era solo viable bajo la sombra del garrote y de la cárcel, de la violación de propiedades y carnes, instrumentos que protegían el catecismo de la ignominia y la religión del abuso y el delito.

Aquellos y estos traficaban contra la honra de la República para su enriquecimiento, pero también para sojuzgar y someter al ciudadano visible, que, a su pesar, fue creciendo y llenando las calles con sus protestas, sus pailas, sus sangres y sus banderas blancas.

Tampoco, a nadie engañaron y ahora no solo quieren escribir otra historia, sino que borran la historia. Nadie puede olvidar y nunca pediremos eso.

Podremos construir un país nuevo, solo si no olvidamos. Y seguro lo construiremos –no sobre los mismos sentimientos y cimientos de aquellos, que aún pululan en nuestra vida nacional– si les medimos y guardamos la distancia necesaria para salvaguardar la democracia.

Ellos merecen ni siquiera media oportunidad para trazarnos los caminos, esos que pisotearon mientras calzaban botas, esos que surcaron con descaro dejando a su paso dolor y deshonra, ellos los que desconocieron, porque en su intimidad nunca creyeron ni creen, la libertad y la justicia.

Las carnes de mujeres, madres, hijas y esposas, las sembraron de golpes y moretes los esbirros alucinantes de la gendarmería y los cobardes batalloneros. Vejaron a hombres de todas las edades. Se burlaron de la dignidad humana y cometieron más de un asesinato.

Más tarde, en las refrigeradas oficinas públicas o en la comodidad de casas hurtadas, o en las juergas de comandancias y otros cuarteles, la clase política y militar de entonces pasaba revista, frente a las pantallas de televisión, del trabajo “bien hecho”, como dijera en alguna triste ocasión, “el presidente de a dedo” y de turno.

La candidata del PRD viene de ese horno castrense. Su corazón lo fraguó en esos actos y luchas. En la historia reciente no cabe más engaño. Ni ella ni sus más cercanos voceros, como tampoco aquellos que se esconden estratégicamente para seguir engañando, han podido cambiar un ápice.

No tenemos por qué esperar que el escenario se vuelva a vestir de hombrezuelos armados para darnos cuenta de ello. Llevan en sus corazones no la nacionalidad, sino el poder usurpado, el latido de la metralla, el desenfrenado ritmo de la burla y la violación. Y en los ojos, la saña de la peor de las maldades: la mentira.

Yo puedo voltear la página pero solo para recurrir a ella cuando la inminencia de tanta brutalidad, nos quiera coger de sorpresa.

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