IMAGEN DEL PAÍS

Belleza externa y belleza interna: Javier Barrios D.

Que una joven goce de innumerables atributos físicos, no es garante de una vida exitosa. En particular, si en su hogar no la nutren con los principios y los valores fundamentales (no le dan el mejor ejemplo) ni recibe una apropiada educación escolarizada y si, desde niña, se exceden en halagos respecto a su belleza. Como suelen contestar las mises (candidatas) durante las contiendas, la belleza interna es tanto o más importante que la externa. En los varones ocurre igual, pero la cultura del machismo y las mayores oportunidades que se les presentan, los ayudan a mitigar sus efectos.

Acostumbro a decirle a mis estudiantes universitarios que si deciden emprender un negocio, el primero de estos –que tienen que diseñar y administrar muy bien– es su recurso natural (su fuerza de trabajo), sus fortalezas, su intelecto y su proyección como persona. Si fallan en esto, la probabilidad de que fracasen en un negocio o en el cargo que desempeñen es mayor.

El pregón histórico de que el principal recurso natural de nuestro país es su posición geográfica terminó convirtiéndolo en un mercado persa (un país hanseático), en una economía fundamentalmente de servicios, cuyo efecto negativo ha sido el que otros recursos valiosos no hayan sido debidamente aprovechados, incluso, algunos hasta destruidos.

Por otro lado, escuchamos a menudo que el principal recurso que tiene un país es su gente, sin embargo, en nuestro caso eso suena a retórica porque es evidente que hemos descuidado aspectos como la seguridad alimentaria, la educación y la salud preventiva, que son la base de todo.

O sea, y haciendo una analogía con el ejemplo del introito, que Panamá tiene una gran belleza física o externa (su codiciada cintura, playas, islas...), pero su belleza interna tiene muchas falencias, como la pobreza con todas sus secuelas (desnutrición, mortalidad infantil, baja escolaridad, educación deficiente, etcétera); la falta de modales; los antivalores (descortesía, intolerancia, mala atención, deshonestidad, el “juega vivo”) y demás.

Esas debilidades del Gobierno y nuestras, amalgamadas, ruedan como una bola de nieve, tienen un gran efecto multiplicador y son la madre (caldo de cultivo) de males como la delincuencia (juvenil en años recientes), deserción escolar, niñas embarazadas, enfermedades, paternidad irresponsable, ninis, corrupción, malos funcionarios, leyes hechas a la medida de sus promotores, etcétera, todo lo que a su vez genera otros problemas.

Por ello, este pueblo tiene presidentes, diputados, magistrados, ministros y otras autoridades no que se merece –sería injusta tal afirmación–, sino que se le parecen. Cosechamos lo que sembramos.

Después de la llegada de Rodrigo de Bastidas, en 1501; de Estados Unidos, desde mediados del siglo XIX y de Francia a finales de este, el resto del mundo, que no sabía en dónde quedaba Panamá, de la noche a la mañana y en pleno siglo XXI, se dio cuenta de que existíamos (¡lo descubrieron!).

Entre los foráneos se corrió la bola de que había un país –para algunos una banana republic– ideal para hacer negocios y más… Fue así como estos nuevos conquistadores llegaron, algunos cual aves de rapiña, a exprimir a la chica de moda –reitero de gran atractivo físico– que ofrece grandes oportunidades, coquetona y, quizás para algunos, algo fácil. Por esa razón, son contadas las grandes empresas que quedan en manos panameñas. Panamá, “Pro mundi beneficio”.

Con todo y la escasa belleza interna, Miss Panamá ganaba evento tras evento y amenazaba con conquistar la corona. A esas alturas –como suele ocurrir– los apoderados, manejadores y colaboradores estaban más por lo suyo que por ella y, para rematar, despertaba envidia entre algunas contrincantes, al punto de que propios y extraños terminaron por jugarle sucio, haciendo público algunos deslices que tuvo, violaciones a la ley, ciertas proclividades con delincuentes y toda la serie de cirugías estéticas a la que fue sometida, a pesar de que es bien sabido que casi todas las participantes no son mansas ni santas palomas y algunas son peores. Pero había que bajar a la puntera que, de paso, es la más joven y frágil, y quizás ocasionarle daño a algún apoderado o al mánager.

Para colmo, la chica tiene tras sí un pueblo pequeño y en todo “pueblo chico, infierno grande”, el amarillismo, el morbo, los intereses mezquinos y politiqueros contribuyen a deteriorar más su maltrecha imagen.

Si esto continúa, y tanto ella como sus manejadores hacen muy poco por mejorar sus atributos internos, puede quedar a la zaga, maltratando su belleza externa y acabando con sus aspiraciones.

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