COMPORTAMIENTOS DEL PASADO

Bienvenidos a 1987: Fernando Díaz Jaramillo

En estos días el tema obligado es el regreso, luego de más de dos décadas de encarcelamiento en países extranjeros y por crímenes mucho menores a los cometidos en nuestro suelo, del exdictador Manuel Antonio Noriega. Todo el que aparenta ser menor de 30 años es increpado por desconocer la historia de lo que ocurrió en los oscuros años de 1970 y 1980, como si hubiese sido escrita y estuviese al alcance de todos.

Hoy, a mis 26 años, hablo como joven. Uno cuyos primeros recuerdos son de helicópteros de las Fuerzas de Defensa sobrevolando mi casa, mientras mi tía abuela intentaba esconderme su preocupación, porque pasaban las horas y mi madre no volvía de la manifestación del Viernes Negro. Recuerdos de compartir con mi familia un petate en el suelo, por seguridad, mientras invadían mi país sin yo entender, a mis cuatro años, por qué el miedo reinaba a mi alrededor.

Crecí con la convicción de que la democracia que mis padres y su generación me regalaron, con lucha y sacrificio, era un tesoro imperecedero, y que mi deber solo llegaba hasta contribuir como ciudadano a perfeccionarla cada día. Me equivoqué. Mi generación no tiene claro lo que es una dictadura, por no haberla vivido, dicen algunos. Las anteriores no tienen claro lo que es una democracia, porque no quisieron aprender, digo yo.

Participando en un foro público para discutir el estudio de impacto ambiental de la tercera fase de la cinta costera, se abrió frente a mis ojos un panorama que temí y no quise aceptar por muchos meses. Panameños peleando entre nosotros. Intercambios de acusaciones de “rabiblancos”, de ladrones; amenazas de violencia física; civiles “ordenando” a otros civiles sacar del recinto a quienes discrepaban, ante la mirada de la Policía Nacional, cuyos agentes de mayor rango se limitaban a explicar que “conociéndolas de hace años, tuviste [refiriéndose al autor] suerte de no recibir un puñetazo”; y, como cereza de un envenenado pastel, un director del Ministerio de Obras Públicas, amenazando a los periodistas presentes con sacarlos del lugar si continuaban dando cobertura a las voces disidentes y no se limitaban a lo que él, en su aparente postura de “dictador editorial”, consideraba debía ser la noticia publicada en todos los medios.

Que me digan los mayores ¿qué diferencia esta escena de las vividas hace más de 20 años? Que me expliquen ¿por qué el temor de ser linchado, respaldado por amenazas explícitas no citadas aquí por incluir lenguaje soez, que sentí hoy, en pleno siglo XXI, vale menos que el temor que sintieron en aquella época? Que me expliquen ¿por qué ahora sí es aceptable ordenar a los periodistas, valiéndose de amenazas, cubrir solo lo que es cómodo para las autoridades? ¿Cuántos uniformes de camuflaje o de gala tengo que regalar a nuestros gobernantes, a ver si vestidos así nos refresca a todos un poco la memoria? ¿Cuándo aprenderemos los panameños que la democracia se defiende siempre y de cualquiera que la ponga en peligro, sea militar o no?

Ojalá sea pronto. Hasta entonces, bienvenidos todos, otra vez, a 1987.

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