DISCURSOS

Bisutería: Mario Velásquez Chizmar

Obras huecas de contenido. Mucho asfalto, concreto y hierro. Nada de pulpa. Exteriores bellos y funcionales, con interiores vacíos. Palabras rimbombantes de tonos briosos, que grávidas de mentiras han parido desengaños. Promesas repetidas y vetustas muecas, parásitos de la esperanza del necesitado, hechas con subliminal destreza, dirigidas a la ignorancia, abono de los sufrimientos, humillaciones, decepciones y desigualdades llevadas de la mano a competir en tamaño con los rascacielos panameños. Ciudades hospitalarias, minas sostenibles, metros y ampliaciones con que creativos expertos en cosmetología masiva alimentaron el estado de necesidad de nuestro pueblo y llegaron al poder para seguir la fiesta. Sí, la economía está creciendo, pero los baches del desarrollo son enormes y Panamá está atascada. La justicia agoniza, la inseguridad ciudadana se multiplica. El Estado de derecho tiene fiebre y la institucionalidad es una especie en peligro de extinción. ¿Somos el país más feliz?

¿Y viene más de lo mismo? ¿La práctica y los discursos políticos son diferentes? ¿Por fin alguien entendió que convencer es democráticamente más duradero que estrechar manos y caminar? ¿Nació el dirigente inmune a los gérmenes de la silla presidencial? ¿No habrá más campañas con fingidas preocupaciones y apócrifas recetas? Encarrilar este país no se logra con maniobras estáticas ni oposiciones cariñosas ni sosos potajes. Este complejo de seres humanos que tienen la necesidad de vivir juntos, con ambiciones y sentimientos diversos, indudablemente insuficientes, urgidos de intercambiar bienes y servicios, no puede orientarse para su perfección social, con enternecedores gestos de un calentito y acicalado patriotismo ni con luminosos y enlatados libretos típicamente publicitarios. Disfrutar del crecimiento se ha convertido en un lujo. Recuperar lo perdido, en política, no se alcanza con el silencio. Renunciar a la obligación política de guiar al pueblo a la victoria sobre las fuerzas que nos están carcomiendo las entrañas, es el peor acto de irresponsabilidad histórica que pueda haber. Esta renuncia, expresa o tácita, siempre se paga muy caro.

Deshacer el espectacular infortunio que puso reversa al progreso de la población, nos obliga a ofrecer un liderazgo forjado en el choque de ideas y en actuaciones concretas, visibles y permanentes, con la “constancia del agua” como escribió Borges, firmemente opuestas al esquema de poder que hoy se impone contra los intereses populares. Políticos que al mando de la organización con mayor opción electoral, rehúyen un debate, solo auguran más frustraciones. Peor aún, ocultan artificios dirigidos a desarmar y debilitar esas organizaciones, lo que facilita la ejecución de los planes del Gobierno actual de extender su período. Al juglar del Palacio de las Garzas no lo desalojarán con iniciativas legislativas complacientes ni aguaceros de esperanzas remotas ni peroratas propagandísticas. Paremos la fiesta. No más “artistas” al timón del Gobierno. Subir un escalón en el desarrollo de esta nación, es “preferir un Estado de leyes a uno de sabios”, como se discute desde la era de Platón. “El poder, como el fuego, es un buen servidor, pero un mal amo”, Leslie Lipson. No más “buhonero”. No más bisutería en la política.

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