MANUAL INSTRUCTIVO

Borrachera de poder: Sabrina Bacal

¡Que levante la mano el que no ha comprobado, por experiencia propia o por vergüenza ajena, el alcance de una borrachera! A los incautos los remito a la definición de ebriedad: “estado de intoxicación, en un grado suficiente como para deteriorar las funciones mentales y motrices del cuerpo”. Eso dice la teoría, pero en la práctica se comprende porque se trata de una vivencia que genera adicción: el borracho se siente todopoderoso, capaz de romper cualquier norma, carente de amarres, inhibiciones o censuras.

El problema es que el fenómeno ha excedido las fronteras de las cantinas y bares, para tomarse las altas esferas de poder. En ellas ha adquirido proporciones epidémicas y no hay guerra contra el seco herrerano o ley zanahoria que detenga su devastadora expansión.

Por ahora, lo único recomendable es identificar las señales y conductas de los borrachos de poder. Se trata de anotaciones puramente científicas que deben ser conocidas, con carácter de urgencia, por todos los panameños y residentes. Tome nota. No vaya a ser que se tope con alguno de los afectados y de la incomprensión que le produce su comportamiento termine pensando que el borracho es usted.

Entre las facultades que se ven afectadas por la borrachera está el raciocinio, es decir, la capacidad de deducir una verdad de otra. Así, las relaciones causa-efecto o el hecho de que las acciones tienen consecuencias se tornan en conceptos complicados de entender para los individuos afectados. Es por ello que usted los verá, actuando como si sus actos no tuviesen consecuencias. Sus acciones solo se explican por sí mismas: no les importa ni uno ni dos ni tres pepinos. Y si a alguien se le ocurre pedir explicaciones por ellas, los pepinos se convierten en berenjenas: tampoco les importa un berenjenal.

En este escenario, libre de toda lógica, el ejercicio de justificar los actos y sus secuelas se convierte en una fiesta a la incoherencia.

Hay varios casos de estudio. Está, por ejemplo, el borracho que cree cualquier cosa que escucha y que, por ende, considera que el resto de los seres humanos aceptará como válido cualquier disparate que él diga. En este tipo de conducta, el único filtro utilizado es el que ayuda a preparar los tragos para continuar con la borrachera.

He observado, a su vez, al borracho que convierte lo que debería ser escarmiento, en altanería. Los interrogantes sobre sus responsabilidades los responde, en el mejor de los casos, con un insulto, y en el peor, con un sermón sobre sus sacrificios por la seguridad nacional. Si aún no lo ha identificado, no se preocupe, sus alaridos no requieren de radar para ser escuchados.

También está el borracho que pretende borrar toda división entre el bien y el mal, y cuando uno lo agarra con las manos en la playa, perdón en la masa, se indigna profundamente. Pareciera que la sensación de omnipotencia que causa la borrachera lo anima a nadar, pero termina enredado entre hectáreas de manglares. No es recomendable pedirle cuentas, ya que se ahogará entre sollozos y alusiones a mamá.

Llegamos así a la última de las características de la borrachera de poder: la anulación de la temporalidad. Y es que cuando se ignoran las consecuencias y la responsabilidad por las propias acciones, los afectados llegan a sentir que la borrachera durará para siempre. Olvidan que en esta vida todo es pasajero y que después de la embriaguez viene la resaca.

En este punto solo lamento que nadie me haya dicho a tiempo que la verdadera comprensión de las decisiones, conductas y discursos de los gobernantes, estaba en la botella... Ni Nicolás Maquiavelo me lo anticipó en mis años universitarios.

Por eso, me he tomado el trabajo de escribir este sencillo manual sobre la borrachera de poder. Por las características de los actuales gobernantes, su lectura es mucho más necesaria que cualquier conocimiento que usted tenga sobre las instituciones, la legalidad, la justicia o las distintas concepciones de una buena sociedad.

El manual para identificar a los borrachos de poder es, pues, indispensable para sobrevivir en estos tiempos. Por algo, todo empezó en El Bebedero.

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