REFLEXIÓN

¡Callar jamás!: Ana Jilma de Obaldía M.

Hace unos días, tuve la oportunidad de asistir al evento denominado Musicalion, específicamente a la presentación de Callar Jamás. Me pareció que tanto la coreografía del Ballet Nacional como la música no tenían nada que pedir. Fue una excelente manera de contar la historia que vivimos y que no debemos olvidar, pero que muchos, sobre todo de las nuevas generaciones, desconocen. Como se dijo durante la presentación, es una historia que nadie se ha atrevido a escribir manteniendo la fidelidad de los hechos.

No obstante, aunque me encantó, me dejó un mal sabor de boca, porque ahora en los temas de importancia nos mantenemos callados, amordazados… Ya no vivimos bajo un régimen militar, pero llevamos décadas de vivir bajo “dictaduras civiles”, “dictaduras del dinero”. La valentía de aquellos años quedó escondida en algún recodo de nuestras calles manchadas de sangre, llenas del resonar de las pailas, del cielo tapizado de pañuelos blancos y de los gritos de libertad. La dejamos olvidada al sentirnos más libres y al dejar atrás nuestros ideales. Así perdimos el norte, nos encerramos cada uno en nuestra propia vida, en la comodidad y en nuestra inconsciencia.

Libertad es una palabra muy grande…¿cómo podemos llamarnos libres, cuando en Panamá hay tantos esclavos de la pobreza, de la ignorancia, de la falta de salud pública, del desorden o de los caprichos de los políticos? ¿Cómo llamarnos libres, cuando no podemos hablar abiertamente de todos los tópicos, cuando no podemos expresar nuestro pensamiento ni denunciar las cosas que se siguen haciendo mal o con malas prácticas?

Si formamos parte del engranaje gubernamental, estamos atados por ese salario que necesitamos para vivir o subsistir. A nivel privado tenemos otro tipo de ataduras que, igualmente, nos impiden ser libres y expresarnos.

Por eso decía al principio que, aunque la obra me encantó y fue muy buena, me dejó un mal sabor de boca. ¡Qué tristeza que se haya luchado tanto, para darnos cuenta de que seguimos siendo prisioneros, no tras barrotes, no en una cárcel, pero ciertamente prisioneros! ¡Qué tristeza que las voces que se levantan sean tan pocas, que nadie escucha; que la ética, la integridad, el honor y los principios sean algo tan pasado de moda y cuando hablas de ellos te miren como si vinieras de otro planeta!

Hemos sido tan indolentes y diría que hasta cobardes que, de una u otra forma, nos hemos dejado arrebatar esa libertad que nació sobre la sangre derramada. Esa libertad que nunca llegó a la edad adulta, por nuestra manera de ser, solo interesados en el jolgorio y la fiesta o en cualquier cosa que nos ponga una cortina de humo y evite que veamos la realidad.

“Callar jamás”. Yo, definitivamente, sueño con eso. Sueño con un país en el que pueda expresarme, con plenas libertades, pero con respeto; sueño con un país en el que haya equidad y personas responsables de sus actos; sueño con un Panamá diferente por la grandeza de su gente; sueño con un Panamá de paz y unidad; sueño… sueño… ojalá no me despierte con una nueva decepción.

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