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EL MALCONTENTO

Carne y huesos no más: Paco Gómez Nadal

Carne y huesos no más: Paco Gómez Nadal Carne y huesos no más: Paco Gómez Nadal
Carne y huesos no más: Paco Gómez Nadal

Somos poca cosa. Carne y huesos, alma –a veces– sin ubicación precisa, continentes de anhelos teledirigidos, trabajadoras para mayor riqueza de terceros, votantes necesarios en el teatro de sombras de la política irreal, amantes deseosos de piel ajena, padres temerosos por el no-futuro de nuestros hijos, alegres bailarines de la noche sin rumbo, campesinos aficionados en el balcón del apartamento hipotecado, quizá ingenieros, limpiadores, deportistas sin salario, asalariados en busca de algo tan intangible como la felicidad. Somos carne y huesos cuando morimos, envueltos en banderas que no nos devuelven la vida y no logran mantenernos en el recuerdo de los que siguen respirando este aire tan contaminado de saña y estulticia.

Somos tan poca cosa que siempre nos creemos mejor que los otros, que las otras. Unos, tristes herederos de la soberbia imperial, se creen mejores por el pálido tinte de su piel; otros agitan su billetera para humillar al de al lado; los más se aferran a un pasaporte con el que nunca viajarán o a una selección de fútbol encerrada en los torpes límites del televisor. Los hay que se creen mejores por los genitales que protegen unos muslos sin vida; los hay que solo se sienten más, gracias a un motor de potencia incontenida o a una casa tan grande como innecesaria, y hay otros que creen en un dios excluyente que distribuye –democráticamente, eso sí– su ira contra infieles e ignorantes de su gracia exclusivista.

El gran secreto que ignoran todos, que ignoramos, es que somos carne y huesos, poca cosa más, y que son otros los que nos amontonan en grupitos para que nos hagamos la guerra entre nosotros mientras ellos nos usurpan hasta la última gota de sangre: roja y densa en todos los casos, tan igualita, tan fácil de derramar.

El nacionalismo chovinista solo es patrimonio de quien no sabe de historia y, por tanto, de la frágil solidez de las fronteras. El nacionalismo xenófobo no tiene nada que ver con la identidad ni con la orgullosa identificación entre los que comparten cultura, lengua, tiempos, derrotas.

En este zoológico sin lógica suelen triunfar los que hacen más ruido y los que logran que los publicistas de la realidad les presten micrófonos y páginas de papel periódico para difundir sus trémulos principios de cartón piedra.

Suelo llorar sin la contención de los tópicos cuando observo la indolencia propia y ajena ante la muerte de los otros porque aprendí hace tiempo que los otros que mueren y sufren son los de abajo: los miembros de esa nacionalidad –ya sin banderas– de los nadie, de los de ese abajo roto por creerse mejor nadie que el nadie que habita al otro lado de la raya política que los de arriba dibujaron en el mapamundi colonial que habitamos.

Los de arriba cuentan con la inestimable colaboración de los manzanillos útiles de los parlamentos, que legislan para dividir, que gobiernan los sentimientos de sus pueblos para hacerles creer que ser muerto de hambre o ciudadanos sin derechos en tu país es mucho más gratificante que serlo en el país de al lado.

Cuando ese mensaje cala –y siempre cala–, los nadie se cobijan del frío con una raída bandera nacional, utilizada según el decreto de símbolos patrios, respetada como si de una balsa se tratara en medio del océano atormentado que promete engullirnos.

Ahora proponemos prohibir los trozos de tela que no son nuestros. Podríamos ir más lejos y limitar los idiomas que se pronuncian en nuestras calles, o las religiones o los bailes que se pueden practicar. Podríamos prohibir los desayunos chinos, o los panqueques y las hamburguesas (tan insultantemente extranjeros ellos), deberíamos censurar las sinfonías de Mozart y las letras de Bob Marley (paridos por vientres tan extranjeros como desagradables), retirar de los anaqueles los libros de García Márquez (malditos colombianos) y pedir visa especial para cualquier indígena que no sea de los nuestros (que para racismo interno, es preferible el nuestro). Nada de merengue o bachata en la radio, jamás un baile de cumbia que no haya pasado por el filtro del tamborito…

Podríamos hacer todo eso mientras denunciamos en animadas soflamas la actitud primitiva del Ejército Islámico y sus martillos destructores de la historia, mientras soñamos con volar a París a visitar el Louvre o mientras pagamos la factura del teléfono a unos accionistas españoles o gringos a los que les interesa más sacarnos la plata que traspasar nuestras fronteras.

Orgullosamente humano, avergonzado propietario de un pasaporte en el que dice que es propiedad de un Estado, pronunciador de un idioma que no he elegido y protagonista de una vida que apenas es mía, sé que soy, que somos, apenas carne y huesitos, tendones y vísceras con obsolescencia programada… un ser humano tan hermoso y tan defectuoso como tú, un ser humano que sueña con el día en que nos reconozcamos, si no como iguales, sí como equivalentes.

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