ADMINISTRACIÓN

Carrera… a la carrera…

Antes de tocar el tema de esta semana, diré que me parece una buena idea hacer un conversatorio público sobre el tema del sistema único de salud. Con gusto acepto la invitación para que discutir qué es lo que más conviene al sistema público de salud.

En los últimos días, hemos sido testigos de la discusión que se dio en la Asamblea sobre la carrera administrativa. La conclusión: en este paísito nuestro, cualquier mamarracho se gana el derecho a sentarse en una curul. La exhibición que hicieron para tratar de bloquear la discusión del proyecto en la comisión de trabajo fue bochornosa. Ver a estos tipos vociferando y dando golpes en las mesas, demostró que son lo que ya sospechábamos que eran. Como si aquello no hubiera sido suficiente, utilizaron otros métodos tan civilizados como el de arrancarle los documentos de la mano a quien intentaba leerlo y echarle agua encima a los papeles, en una actitud que parecía más propia de un chiquillo que de un diputado. Pero, en el fondo, lo que estos tipos demostraron fue su agobiante frustración porque saben que no cuentan con los votos para aprobar nada durante los próximos cinco años.

Hacía mucho tiempo que no veía una apología de lo absurdo con tanta vehemencia. Fue increíble ver a lamebotas profesionales acusando a Ricardo Martinelli de “autoritario” e “imperial”. ¿Acaso no recuerdan cómo sus padrinos uniformados daban órdenes “desde ya” y ellos las acataban sin chistar?... Estos tipos trataron de usar todos los recursos dilatorios sin alcanzar su objetivo. Finalmente, se aprobó la modificación de la ley. Porque no nos llamemos a engaño... El pasado gobierno se dedicó a inscribir en la Carrera Administrativa a cuanto copartidario pudieron, cultivando el clientelismo del que han hecho alarde, en especial desde que se autoriza la inclusión en “la carrera” sin llenar requisito alguno. Así, como escuché en los medios, hay oficinas donde, cuando se le pregunta a un funcionario si sabe utilizar una computadora: dice “no, pero yo estoy en la carrera y no pueden botarme”. Si es este el caso, es imprescindible modificar todo lo necesario para que el gobierno pueda deshacerse de la caterva de parásitos que pululan por las oficinas públicas con el único objeto de garantizarles un salario sin que tengan funciones concretas.

Como ejemplo, puedo citar algo que viví hace un mes cuando tuve que renovar mi pasaporte. En la oficina correspondiente, al momento de recoger los documentos, había dos escritorios separados por una distancia no mayor de cinco metros, donde había un supuesto funcionario, cuya labor consistió durante media hora, en llevar los libritos azules entre esos dos escritorios. Lo que oyen, un salario que se le paga a alguien que hace algo que se solucionaría con que simplemente estiraran la mano quienes ocupan los dos mostradores.

Esa misma semana había tenido que renovar mi licencia lo cual se hace en una oficina con una concesión privada. El trámite completo me tomó unos quince minutos, todo el personal fue extremadamente amable y no puedo decir que viera a nadie perdiendo el tiempo. Entonces, tengamos claros que, si no se garantiza la eficiencia en las entidades estatales, lo que se logrará, terminaremos pidiendo la privatización de los servicios. Digan lo que digan Frenadeso y Comenenal.

La carrera administrativa busca evitar el despido de unos funcionarios para reemplazarlos por los de otro partido que llega al poder. Pero si esa misma carrera se usa como mecanismo para favorecer el clientelismo y “embotellar” copartidarios, su razón de ser queda completamente desvirtuada y pasa a ser más problema que solución. Deben modificarse las normas que rigen la carrera, pero para nombrar personas capaces y con ánimo de dar un buen servicio y no solo para cambiar a unos parásitos perredés por otros cedés, panameñistas, patrióticos o molirenas.

Si queremos un verdadero cambio en el país es necesario que comiencen a nombrarse personas capacitadas y comprometidas con la eficiencia.

Todo esto, junto con la cadena de escándalos que aparecen en cada cajón que se abre en ministerios y entidades gubernamentales nos debe servir de ejemplo para que entendamos que nuestro deber como ciudadanos consiste en vigilar el cumplimiento de las leyes, y que si no denunciamos las irregularidades, estamos siendo cómplices de una situación que de seguir como va, terminará ocasionando el colapso de las instituciones democráticas, con la consecuente aparición de algún payaso al estilo de Hugo Chávez o Mel Zelaya que pueda ser elegido por la mayoría, simplemente porque ya estamos hartos de que todos los políticos hagan las mismas cochinadas.

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