COMUNICADORES

Cazadores de ideales: Manuel E. Barberena R.

Fue el presidente Theodore Roosevelt quien, en 1906, ideó la frase “rastrilladores de estiércol” para referirse a un movimiento de periodistas renombrados, que denunciaban los escándalos de corrupción de los políticos y de los grandes negocios fraudulentos en Estados Unidos de América. He citado en ocasiones anteriores que “el periodismo es un sacerdocio terrible, y una ambrosía”. Es en el periodismo, no en los gobiernos, donde la justicia halla su fortaleza.

En las sociedades de cultura basada en la escritura la lengua es un código de comunicación del que se sirven los pueblos civilizados para estructurar sus sistemas como Estados nacionales y vitalizar de forma permanente sus instituciones. Las civilizaciones de cultura oral perecen al paso de los siglos. Los periódicos, las revistas, los libros, y los sistemas electrónicos de registro enciclopédico son medios para afianzar la educación formal y también el desarrollo cultural con logros maravillosos que ni la imaginación visualiza. Sin la comunicación escrita no existirían las organizaciones ni el gobierno ni las leyes ni la educación.

La penetración de la palabra escrita en todo el orden social, después del invento de la imprenta por Johann G. von Gutenberg, a mediados del siglo XV, propició un esplendoroso empuje cultural y el humanismo se esparció por todo el mundo. La revolución de la galaxia Gutenberg echó por tierra la supremacía del Estado sobre el individuo en la escala de los valores humanos, y se opuso al criterio imperante en las monarquías de los siglos XV, XVI y siguientes de que “todas las publicaciones deben contribuir a la grandeza del Estado benefactor”, según reseñan William L. Rivers y Wilbur Schramm en su obra Responsabilidad y comunicación de masas.

El derecho del individuo a expresar su pensamiento viene de Dios y privarlo de tal don es un crimen peor que quitarle la vida. Quien a un hombre mata quita la vida a una criatura racional, imagen de Dios, pero quien destruye un buen libro, mata la imagen de Dios, como si dijéramos, por el ojo, asevera John Milton en su obra magistral La Areopagítica.

Toda forma de restricción del ejercicio del periodismo constituye un acto infame, más contra Dios que contra los hombres. Se reconoce que la palabra, junto con la sonrisa, el entendimiento y la voluntad, es el don más preclaro del linaje humano.

Son múltiples y de engañoso rostro los intentos de burlarse del periodismo. Lo dejan manifestarse al propio tiempo que lo ahogan; y lo exaltan a la vez que lo menosprecian. La publicidad estatal es efectiva para imponer sumisión a los medios; los negocios amansan a los disidentes; la planilla es en ocasiones un bozal; cuando no pueden someterlos, los gobiernos crean sus propios medios que les dan lealtad absoluta. Adversario de las tinieblas y de la maldad, el periodismo es visto como un elemento perturbador por los sistemas arbitrarios.

Las campañas políticas son de perfil repetitivo y cargadas están de ficción y de desesperanza por lo falsas que en el pasado las promesas han sido. Hay apetitos sueltos por todas partes y un sálvese quien pueda. Todos los candidatos tienen un mismo patrón de persuasión pues se presentan como el mesías que trae soluciones para todos los males del presente y del futuro. La estafa es un peligro latente en casi todas las campañas políticas.

Cambiará la situación de los periodistas perseguidos y asesinados en todo el mundo cuando los medios, al margen de los negocios y los intereses ideológicos, tomen una posición firme más allá de las denuncias y los lamentos. En los albores de la pujanza romana, cuando los Césares ejercían poderes omnipotentes, los tribunos decían: “El César es un león porque los romanos son unos corderos”.

Tarea ineludible de lo medios y de los líderes de opinión es impartir docencia a los electores a fin de que, mediante el voto con criterio independiente y libre de soborno, elijan gobernantes honestos que preserven a la patria de acciones lesivas a los intereses nacionales, a sus instituciones en primer plano. Es pertinente recordar la máxima del insigne patriota cubano José Martí: “Ver cometer un crimen y no hacer nada por impedirlo, es lo mismo que cometerlo”.

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