NAVIDAD

Celebrando un cumpleaños sin el festejado: Abel Guerra Ibarra

Los cristianos en todo el mundo conmemoran en este mes el nacimiento de su Dios, el Emmanuel –Dios con nosotros–. Aunque el origen de esta fecha se remonta al culto pagano relacionado al nacimiento del sol naciente y sacralizado por el emperador Constantino, hoy notamos la nueva paganización de la fecha con figuras foráneas (Santa Claus, el espíritu de la Navidad, etc.) que en nada reflejan su importancia, todo eso con el fin de comercializar un evento sin precedentes para la fe cristiana.

Pareciera que el ideario de consumir, propio de una cultura en decadencia, que busca su felicidad en el “tener” como centro primordial, ha dispuesto que muchos olviden el sentido culmen de la Navidad: Dios se hizo hombre para la redención del propio ser humano.

Ahora bien, aunque no solo en la tradición judeo–cristiana notamos este tipo de escenario (la de un Dios que baja y comparte con sus creaturas), la experiencia cristiana trasciende el evento porque no es un simple participar, sino más bien como reza el credo Nicea Constantinopla: “Se hizo hombre y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilatos”.

Es decir, hay un hito histórico, una certeza consumada (no en fábulas ni en mitología) de que una persona nació, creció, tuvo un carisma especial que atrajo la multitud, y predijo su propia muerte para redimir al ser humano. En otras palabras, de creaturas pasamos a ser parte de la dignidad de hijos de Dios.

También es de conocimiento que muchos críticos pueden afirmar que la figura de Jesús queda en una ambivalencia, y que solo por un acto total de fe podemos confiar en que este evento fue veraz, no producto de la invención. Como sea, los cristianos estamos llamados a desmitificar, es decir, a dar al resto de los seres humanos no creyentes las razones de nuestra esperanza, como lo expone el apóstol Pedro (1 Pe 3, 15). La Navidad es época de reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia. Para responder las eternas preguntas filosóficas: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy?

La Navidad es tiempo de paz, como lo anunciaron los ángeles a los pastores en Belén, “... Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc. 2,14). Es el espacio propicio para encontrarnos con el creador, ser anunciadores de la buena noticia: “Dios no es un demiurgo como lo planteaba Platón, que nos abandonó a nuestra suerte después de crearnos, sino que ha estado, está y estará con nosotros ... todos los días hasta el fin de este mundo” (Mt. 28,20), y venga un reino de justicia y paz verdadera donde no habrá corrupción ni miseria ni sufrimiento.

Al final creemos lo que dijo la comunidad de Juan: “El verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”. (Jn. 1, 14).

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