VALORES DEL PASADO

Chiriquí, cuna de la agricultura: Carlos Eduardo Galán Ponce

Las razones por las que el sector agropecuario, que aportaba un 40% a la actividad económica del país, hoy ha quedado reducido a un lastimoso 6%, son varias. Una es su forzado arrinconamiento, sumado al aumento descomunal y desordenado de las inversiones en las áreas de la ciudad capital. Otra, la adopción de teorías económicas de tecnócratas que ven con júbilo unas cifras de “crecimiento” y “desarrollo”, sin tomar en cuenta que al resto del país esas cifras no le sirven de alimento. Y para ribetearlo, la renuncia a nuestro nacionalismo y la pérdida de nuestra identidad como país. Todo está aquí a la venta. Al que sea.

En un contraste, en las postrimerías del siglo XIX, empieza el despertar de una distante provincia, que aislada del resto de la República, tomó la determinación de surgir por su propio esfuerzo. Su subsistencia tenía que provenir del producto de sus suelos y del uso racional y ordenado de sus demás recursos naturales. Pioneros nacionales y extranjeros procedentes de todas partes del mundo, formaban el componente humano para el éxito de esta aventura. Todos con un propósito en común. Trabajar y hacer producir la tierra para proveerse de lo necesario y hacer de este paraíso natural su hogar. Unos tenían su ingenio y su habilidad en diferentes artes y profesiones para ir supliendo todos los artículos y servicios que la naciente sociedad requería. Nuevas técnicas agrícolas se suman con el regreso a su tierra natal, en 1956, del primer ingeniero agrónomo de Boquete, Carlos Enrique Landau, un descendiente de inmigrantes alemanes.

Como resultado de ese esfuerzo, para 1940, en esta provincia, que contaba entonces con 111 mil 200 habitantes, ya se sembraban 35 mil hectáreas que producían alrededor de 750 mil quintales de los tres granos básicos. Nuestras tierras altas producían más de 600 mil libras de hortalizas. Unos 70 mil vacunos se enseñoreaban en nuestros pastizales y se criaban 15 mil cerdos y más de 250 mil aves de corral. Las frías montañas de Boquete, ya en 1920, producían 18 mil quintales de un café que, exportado al mundo desde entonces, hoy hace las delicias de los paladares más exigentes.

Contábamos con tres plantas procesadoras de leche y molinos de granos diseminados por todo la provincia y mataderos de ganado en David, Boquete, Concepción y Dolega, que en conjunto adquirían y procesaban toda la producción agropecuaria de la provincia. En 1921 nace en David lo que sería la primera cadena de supermercados del país. Almacenes Romero. Y en 1952, fuimos la primera área provincial en América Latina en estar cubierta por una red propia de telefonía automatizada. Y para 1957 ya toda la provincia contaba con energía eléctrica generada por plantas propias. Empresas chiricanas traían vía marítima y distribuían combustibles. Nada nos faltaba. Nada se perdía.

Y mientras todo esto tenía lugar bajo la lluvia y el inclemente sol en esta altiva provincia, la ciudad capital disfrutaba de la benevolencia del buen vecino. Los gringos la proveían de telefonía, electricidad y agua potable. Le recogían sus basuras y le recolectaban sus aguas servidas. Le construían sus calles y carreteras. Y los dejaban hacer shopping a hurtadillas en sus comisariatos.

Lamentablemente, en una lucha desigual, esa situación de dependencia se ha alzado triunfadora sobre la hidalguía y el esfuerzo de los forjadores del sector agropecuario. Los grandes intereses comerciales y políticos enquistados en esa ciudad la han ido asfixiando para tomar el comercio como la ruta de su desarrollo. Y a la par de a veces dudosos capitales, crecen como hongos enormes rascacielos. Pero sus empresas, otrora orgullo de la nación, obra del ingenio y la laboriosidad de sus inmigrantes de antaño, hoy pasan una a una a manos de intereses extranjeros.

Y ha surgido una sociedad metalizada. Sin valores éticos. Olvidada de la historia y de los sacrificios de la estirpe que creó la patria en el campo. Y para mantener vivo ese efímero éxito material, hoy llegan a las provincias a contaminarlo todo. A saquear nuestros ríos. A horadar y mover nuestras montañas. A destruir nuestros bosques. Y a lucrar importando de todo lo que las provincias producen.

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