CASCO ANTIGUO

Ciudades imaginarias...: Edilia Camargo

Cuando André Malraux pronunció su famosa elegía a los “museos imaginarios” (1947), idea premonitora que justifica “tener su propio museo en casa” y llevárselo a todas partes, estaba muy lejos de pensar que sus planteamientos estéticos serían utilizados para encubrir a matarifes y mercachifles, constructores de ciudades portátiles y destructores del imaginario de todo un pueblo.

Este escrito es una reacción, casi visceral –primer cerebro, como se sabe–, a la lectura de una obra premiada en su momento por el Ministerio de la Presidencia de esta República. Me refiero a La ciudad imaginada: El Casco Viejo de Panamá (Alfredo Castillero Calvo). Cruzo dicha lectura con la destrucción deliberada de las funciones antiguas y presentes de ese mismo sitio de Ancón, que lleva a cabo la administración de este gobierno (sin que exima a los anteriores) y sus instituciones encargadas de la preservación y rehabilitación del patrimonio histórico, ligado a lo que fuera el Casco Antiguo; proyecciones tentaculares de rellenar cuanto pedazo de mar se oponga a esos mismos matarifes y mercachifles de esta Galilea moderna, como ya la he llamado en otra ocasión.

No creo que le hagamos ningún favor, ante la falta de un plan global de conservación y rehabilitación del Casco, refiriéndonos al sitio como a “nuestra principal joya urbanística colonial”, paso previo para “mejor preservarla, aprovecharla y disfrutarla”. No le pidamos al matarife que comprenda el sufrimiento de aquel que va a degollar, como tampoco al mercachifle que llore ante la carne que está lavando (la sangre correrá luego por las aceras) para después venderla (enlatada o fresca) o comérsela. Para quienes odian las “cosas viejas” o siguen resentidos buscando “negruras” por todas partes, lo colonial sencillamente no tiene ningún valor. Me temo que se aplique únicamente a “lo colonial, español/andaluz”.

Ampliamente, destaca Alfredo Castillero Calvo el nexo casi umbilical marino entre la “ciudad imaginada” que se trasladó al “sitio de ancón” (no a las faldas del Ancón) y a su función de puerto; cómo las sumas enviadas desde la Real Caja de Lima para cubrir los gastos de construcción de la nueva ciudad-puerto, inyectarían ese “esfuerzo vigorizador” que había desaparecido con tantas calamidades juntas. Proporciones guardadas, esto nos recuerda cómo las comunidades vascas tuvieron que correr en auxilio de Bilbao para revigorizar y dorar el blasón del orgullo vasco, cuando por fin aterrizó en aquella ciudad un Guggenheim, que prácticamente nadie quiso en Europa.

No acabo de entender ¿cómo es posible que el esfuerzo vigorizador de nuestra ciudad tenga que ser inyectado desde afuera –escuela de Flandes o manierismo cordobés, Odebrecht–, perpetuando una confrontación entre el imaginario colectivo de los habitantes que se resisten a ir, frente a las obras que aterrizan desde el cielo? ¿disfrazando “ovejas” para vender al lobo? Las poquísimas iniciativas desde dentro copiarán estructuras y diseños, sin mirar adónde miran las obras. Con tirar cortinas y poner aparatos de aire acondicionado, ya estamos “hechos”.

Lo desesperante en toda esta historia es el papel conjugado de los matarifes y mercachifles para hacer del Canal un negocio, en detrimento de su función de “servicio”, desplazando el antiguo fondeadero de la ciudad muerta de Panamá Viejo, al sitio de Ancón providencial y de ahí mar adentro, por donde pasan hoy los barcos de alto calado.

Si Alfredo Castillero, con la larguísima experiencia de rastrear documentos, al momento de publicar la obra que comento y frente a la realidad de una ciudad caótica y asfixiante, declara no haber encontrado un solo texto que revele, de manera explícita, qué idea tenían en mente los colonos cuando soñaban sus ciudades, le respondo: ¡no la hay! Se copió, se pegó, se destruyó, se borró –trabajo de matarifes–. Lo triste es que ¡no han terminado! Los rellenos en Paitilla, inventando nuevos ancones, son una prueba de ello. Ayudados por leyes blandas se estiran y se encogen, de acuerdo a quién construya o venda. Es decir, los mercachifles de la nueva ciudad la diseñan para “vender sueños enlatados”, personalizados porque llevan nombres para que no se les confunda con “la chusma maldita” (ref. Evangelio de Juan 7, 49).

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

19 Nov 2017

Primer premio

8 0 5 6

CCAA

Serie: 13 Folio: 12

2o premio

9078

3er premio

3785

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código