PRINCIPIO DE NO-AGRESIÓN

Comportamiento de kínder: Caleb Delibasich

Es interesante ver como todo lo que necesitamos para construir una sociedad próspera lo aprendemos en kínder. Cuando somos niños y vamos al jardín de infantes se nos enseñan reglas básicas de comportamiento como “no pegues” y “no robes”. Este tipo de reglas morales hacen que las relaciones entre los niños sean pacíficas y beneficiosas. Estas reglas de comportamiento infantil están sintonizadas con un axioma que todo ser humano parece dar por sentado: El principio de no agresión.

El principio de no agresión, básicamente, implica que la iniciación de fuerza o coerción contra otro individuo es inmoral, a menos que sea en defensa propia. Esto es algo que desde chico se nos enseña, y que cuando gobierna las relaciones de niños de kínder lleva a una interacción más divertida entre ellos. Evidentemente, es una regla genial. Sin embargo, cuando crecemos nos damos cuenta de que las relaciones entre adultos, especialmente del Gobierno hacia otros, no podrían estar más lejos de la no agresión. Cuando uso la palabra Gobierno no me refiero a cierta administración, sino a la institución del Gobierno, al Estado.

Nos enseñaron que es malo pegar y robar, pero a medida que crecemos se nos dice que es necesario que haya un buscapleitos que pueda pegarle a los que se portan mal y robar para mantenerse más fuerte que los demás. Este buscapleitos necesario es el Estado. El Estado se da a sí mismo el derecho de poder hacer todo lo que aun niños de kínder considerarían inmoral. Cuando un niño roba el juguete de otro se llama robar, pero cuando el Estado lo hace lo llamamos colección de impuestos o expropiación.

Seamos honestos. Decir que pagamos nuestros impuestos voluntariamente es asumir que tenemos opción. Es como decir que una víctima de violación hace el amor con su violador. Si quisiéramos retener los frutos de nuestro trabajo, es decir nuestro dinero, en su totalidad, el Gobierno usaría su fuerza de coerción para lograr que paguemos. Detrás de todo impuesto hay un arma apuntándonos. Imaginen un restaurante que no pague impuestos. El gobierno usaría sus armas para impedir que este negocio siga operando. ¿Quién le ha dado al Estado esta autoridad? Los contractualistas apuntarían a la filosofía barata de que la autoridad viene del pueblo. ¿Pero cómo puede un grupo de personas delegar una autoridad que no tienen como individuos? Ningún individuo tiene derecho a cobrarle impuestos a otro individuo. Ningún grupo tiene derecho a colectivamente reclamarle impuestos a un individuo ¿Cómo puede entonces un grupo de individuos, que no tienen el derecho de cobrar impuestos, unirse y mágicamente tener la capacidad de delegar esa tarea al Estado?

El Estado, al cobrar impuestos, está violando el principio de no agresión, lo que inmediatamente lo convierte en una institución inmoral. No solo inicia agresión contra individuos mediante impuestos, sino también con un sinfín de prohibiciones. Cuando el Gobierno no aprueba ciertos intercambios voluntarios entre individuos, convierte la actividad en algo ilegal y usa su monopolio sobre la violencia para imponer su autoridad. Este monopolio sobre la violencia empezó cuando clases guerreras en tribus antiguas asumían el poder y ofrecían “protección” a cambio de servidumbre. Que, poco a poco, esta institución creada por clases guerreras nos ha ido entregando menos opresión, no quiere decir que la institución es moralmente aceptable.

Usted me dirá que está de acuerdo con el principio de no agresión, pero que un Gobierno siempre ha asumido el monopolio sobre la violencia para protegernos y es necesario. Yo le respondería que el hecho que siempre hemos vivido bajo el control de un Estado no quiere decir que sea correcto. En el siglo XIX, los agricultores en Estados Unidos también decían que los esclavos siempre habían cultivado las plantaciones, y se preguntaban quién recogería las siembras si se abolía la esclavitud. Así mismo, hoy en día no se cuestiona al Estado porque ¿quién prevería la policía, las calles, y los otros servicios básicos? Todos estos son problemas técnicos que de ninguna manera anulan el problema moral del Estado.

Como anarco-capitalista trato de imaginarme cómo estos problemas se solucionarían en una sociedad completamente libre, pero para ser honesto no le podría dar respuestas definitivas. Esta es, precisamente, la belleza del libre mercado: que es capaz de tomar las demandas de todos y producir resultados sorprendentes. Cualquier servicio que hoy presta el Gobierno puede ser reemplazado por un servicio privado que sea pagado, no por la obligación de impuestos, sino voluntariamente. Si no estamos conformes con cierto servicio de protección o lo que sea, podemos, simplemente, cambiar de proveedor. Probablemente se me acuse de ingenuo o utópico por lo que estoy planteando, ya que como todos sabemos hay gente mala en este mundo. Pero más ingenuo es pensar en que el hecho de que haya gente mala implique que necesitamos un Gobierno compuesto de gente mala para cuidarnos.

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