EL MALCONTENTO

Confesiones de un amargado: Paco Gómez Nadal

Confesiones de un amargado: Paco Gómez Nadal Confesiones de un amargado: Paco Gómez Nadal
Confesiones de un amargado: Paco Gómez Nadal

Hoy he comido junto a un río. El agua era transparente y corría tranquila, fría, entre piedras cinceladas por el tiempo y sus avatares. Juan y Nela han cocinado con amor y han logrado dibujar un mosaico de flores de zapallo, acelgas, queso, calabacines o kéfir que hemos emborronado con sonrisas y algún que otro intercambio de anécdotas para (re) conocernos mejor. Karla había movido su salón al campo y las paredes de cemento mutaron en ventanas abiertas construidas con ramas, monte bajo y viento del sureste. Ha sido el punto y seguido de un hermoso fin de semana que comenzó con el encuentro con David y Lucía (dos cerebros de esos que te descolocan el tuyo y que te hacen ver que sí son posibles otros mundos dentro de este limitado mundo nuestro), que siguió con una noche de conversa y comida rica compartida con la mujer que logra acotar mis incertidumbres en los márgenes de su piel y que ha terminado en uno de esos ratos imprescindibles en los que tejemos a fuego lento lo que tanto se empeñan en otros en cosificar.

Cosas de amargado.

Unos días antes tuve que aguantar una noche de emociones sin contención. Bajo el imponente esqueleto de una ballena, cuatro poetas y dos músicos sin definición posible nos regalaron dos horas y media de belleza y de provocación. “…odio a los artistas / pero amo a los hombre y / mujeres que escriben dinamita y / escupen silbidos a los artistas”, habría escrito desde la pureza manchada de realidad Eladio Orta. Una noche solo para amargados. Entre día y día, las noches han sido para Charles C. Mann y su brutal 1491, historia de las Américas antes de Colón. Me ha conmovido la historia del final adelantado de los narragansett y de cómo unos pocos hombres atrasados y hambrientos pudieron empujar al abismo a un pueblo de gente de hermoso físico y vasta cultura. Ahora me interno con sigilo en Aucaypata, la plaza diseñada por Pachacútec en lo que hoy es Cusco, con su piso alfombrado de arena blanca subida desde el Pacífico y sus fachadas decoradas de oro bruñido. Saber de ellos me hace dudar de mí. Saberes destinados solo a gente como yo, incapaz de sacarle el jugo a la vida.

Las palabras se han confundido esta semana con las músicas, las de las Black Girls o la del Niño de Elche, extremos en los que disfrutar de una cerveza y de buenas compañías. Ya de paso… oportunidad para organizar un concierto que llevo años esperando. Mientras yo andaba en esas, uno de mis textos acompañaba al artista colombiano Fernando Arias que realizaba el pasado miércoles una intervención en la Biblioteca Piloto de Medellín para mostrar que somos sociedades ciegas: volteó todos los libros de ese templo del saber y por un día le dio voz a los silencios de los millones de desplazados internos que, de forma espectral, vagan por su país.

Acciones de amargados, artistas amargados, resentidos sociales, gente nula para disfrutar y divertirse.

Así paso los días… acumulando rabia para los martes ser desagradable en El Malcontento, para volcar toda mi bilis en 800 palabras tan estériles como desagradables. Porque alguien tan amargado, ñángara y extranjero como yo no debería escribir. Ni tan siquiera hablar. Necesitamos columnistas de la alegría, que reivindiquen la inconsciencia, porque ya tenemos demasiadas preocupaciones en la cabeza. Ya sabemos que la mayoría de nuestros diputados nos roba, que el gobierno sirve a los intereses de las familias que controlan el país, que podemos celebrar la patria siempre que no cuestionemos a sus dueños, que no pasa nada porque Mireya Moscoso tome el café con Ferrufino y José Raúl Mulino en su retiro carcelario de Ancón (para ellos no es La Joya), que el prófugo expresidente teje para cercenar lo poco de independencia judicial que queda… No hace falta más gente que nos lo recuerde. Menos aún, si el amargado es un canalla como yo que vive atrapado en su triste existencia y que no tiene otra cosa que hacer que meterse con Panamá (cualquier crítica, ya se sabe, es a la totalidad). Imaginen que vida esta si abrimos el periódico y nos recuerdan lo que supone la cinta costera por la que corremos para mantener nuestra precaria salud, o si se insiste en que siguen impunes los responsables intelectuales de la reiterada violación de derechos humanos, o si vuelven con la cantaleta del modelo político y económico excluyente. No, por favor, no más ñangaradas procubanas, no más sermoncitos desde la comodidad del computador. Sin embargo, entiendo que tengo una misión en la vida y les prometo que seguiré llevando esta patética existencia para que los martes el café sepa más amargo. Tengan en cuenta que si no existiéramos los amargados no habría a quién echarle la culpa del reflejo que nos devuelve el espejo en la mañana.

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