CORRUPCIÓN

Confesiones inútiles: Berna Calvit

Sin iniciativa de mi parte muchas veces he servido de confesionario. Y ha sido y es experiencia frustrante enterarme en estas confidencias, de actos de corrupción política (conducta exclusiva de los cargos públicos), sin poder hacer algo al respecto. Es trago amargo saber que contra sus principios éticos y morales las personas se ven apresadas en un sistema que los somete so pena de perder el trabajo o el negocio. El mal es tan viejo que se pierde en el tiempo; es lacra universal que resalta en las esferas políticas porque es allí donde reside el poder que tiene a su disposición el manejo de los dineros y bienes del Estado. Cuando se acepta mansamente la corrupción “porque sí, porque siempre ha sido así”, este acogotamiento contribuye a aumentarla y a que opere con la impunidad asegurada. La denuncia y confesión de un juez del circuito penal, de que el Ejecutivo maneja a algunos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, parece confirmar lo que hasta ahora eran especulaciones. La alarma por estas revelaciones es totalmente justificada.

Nada escapa a la corrupción en el quehacer público, sin querer decir con esto que no hay funcionarios honestos. En una ocasión un funcionario con muchos años de servicio (recaudación de impuestos) me dio detalles de “arreglos” para desaparecer o disminuir morosidades en los sistemas informáticos, coima proporcional de por medio, claro es. Y sé que no era la única institución que hacía estos arreglos. ¿Se siguen haciendo estas trampas? Difícil creer que no. Hacer negocios sin caer en el “salpique” es, si no imposible, casi imposible según me dijo alguien que se gana la vida participando en licitaciones pequeñas; como único licitante y tal vez porque no era megaproyecto con megacoima, le dieron el negocio ($800 dólares); pero inmediatamente un empleado de cuarta categoría le hizo saber que debía modificar el precio y hacer un par de rellenos para subirla a $1,400 porque había que incluir “mocha”. A una extranjera que iba a recibir sus documentos de ciudadana panameña le dijeron: “Cuando venga traiga $200 dólares en efectivo”; ingenuamente, al final de su juramento de naturalización se acerca a la secretaria a solicitar el recibo por los $200 y la secretaria le contesta: “Aquí no se da recibo” y así estrenó su nueva ciudadanía, fue sencillo entender por qué no dan comprobante. Muchas veces me he preguntado cuánto en efectivo pedían esos funcionarios cuando se trataba de un extranjero adinerado o de nacionalidad “difícil”. Un amigo, pequeño empresario, se acercó a hacer un trámite relacionado con tierras, al día siguiente lo llamaron de la entidad y le indicaron con quién tenía que verse para tratar el asunto; todavía impresionado me contó que solo faltó que le dijeran qué número de zapatos usaba; tenían una lista de sus haberes y, por supuesto, el monto del salpique para tramitar. Así funciona la maquinaria que tritura la honestidad. Aclaro que asuntos como estos los he sabido desde hace muchos años, pero confidencias con detalles por parte de los afectados, desde que empecé en este oficio de opinadora por la libre.

Los pocos casos que menciono antes son “pequeñeces”, mordidas de peces chicos que apenas pueden dar la real dimensión de la corrupción que es como un tornado, con la misma figura, la corrupción pequeña abajo, y de gran dimensión arriba; y destruye conciencias y valores dejando a su paso el mensaje “la honestidad no paga”; y es tan cotidiana como la vecina de siempre. El funcionario que se roba o coimea a “lo bajo, bajo” lo justifica diciéndose a sí mismo “¿por qué no si el de más arriba y el de más arriba y el que está bien arriba hacen lo mismo y en grande?”. En este proceso se pierden los escrúpulos, se aviva la codicia y nace el egoísmo que anula los sentimientos solidarios hacia los más desprotegidos. Y con esos antivalores crecen nuestros jóvenes.

La corrupción tiene muchos rostros y recursos para ocultarse. Disfrazados de Padres de la Patria en la Asamblea Nacional la corrupción es moneda corriente, un foco infeccioso que el próximo 4 de mayo debería ser fumigado. El prestigio de la Corte Suprema de Justicia fue perdiendo lustre y se fue a pique con los últimos acontecimientos desvelados por un funcionario que “o se ahogaba o se lo comía el lagarto”; reflotar el prestigio de la CSJ es una obligación que debe asumir el próximo gobierno. La administración actual no lo hará por razones obvias. En vez de prometernos el oro y el moro los candidatos presidenciales deberían darnos palabra de que combatirán la corrupción, cáncer que pone en peligro nuestro sistema “democrático”, que carcome la institucionalidad y repercute negativamente en quienes más necesitan los millones de recursos públicos que toman camino al bolsillo de funcionarios (y empresarios) venales. Al final la pregunta ineludible: ¿les interesa a los gobernantes y a los partidos desmontar el andamiaje que sostiene la corrupción política? Me permito el beneficio de la duda. Además, lo inconsistente de nuestro criterio ético le da alas a la corrupción, lo que explica que se califica bien al gobernante y mal la honestidad de su gobierno. Agárreme ese trompo en la uña.

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