COYUNTURA DE ESTADO

Constituyente paralela o anarquía: Antonio Saldaña

El enmarañado ambiente electoral que se percibe en Panamá, que algunos denominan como confrontacional y en ciertos aspectos parecido a lo ocurrido en 1968, expresa evidentes signos del cansancio político del modelo oligárquico-clientelista de control hegemónico del poder del Estado. Sin embargo, descartamos por completo que en la actual coyuntura electoral se pueda producir una salida golpista como resultado de los enfrentamientos electorales propios de la lucha por el poder y que algunos quisieran que fuera como un paseo de reinas.

Las razones fundamentales son, en primer lugar, por el fraccionamiento de la fuerza pública en cuatro mandos separados y sometidos a las ordenanzas presidenciales y, en segundo lugar, por la presencia en el escenario político de dos importantes actores: el empoderamiento de la ciudadanía (especialmente jóvenes) a través de las “redes sociales” y el ostensible perfil de la oligarquía transnacional en la actividad productiva del país.

El fenómeno es digno de un examen exhaustivo, por ejemplo, el impacto en la dinámica política e institucional de la República por parte de la oligarquía transnacional, en virtud de la abdicación productiva de la burguesía nacional a favor de la transnacional, por ejemplo, en la industria minera, de alimentos y bebidas, en servicios públicos de comunicación, electricidad, agua y otros como banca y seguros. En otras palabras, un análisis de coyuntura serio no puede obviar que los sectores estratégicos de la economía local están en manos extranjeras y no solo drenan el ahorro nacional, sino que podrían incidir en la acción política interna, en función de la “venta” de Panamá en el extranjero por los gobiernos posinvasión.

Esta es la razón de la agudización de la lucha política por el control del poder del Estado, considerado por la oligarquía como su exclusivo y más apetecido espacio de negocios, prebendas o botín político. También es evidente que las principales candidaturas presidenciales –expresiones directas y unívocas de poderosos intereses económicos no solo nacionales, sino de empresas transnacionales– no están orientadas a solventar una eventual crisis política, porque el encrespamiento social y la insolvente gobernabilidad actual son las consecuencias de los estertores y del agotamiento del modelo político oligárquico-neoliberal y de sus prácticas clientelistas. De manera que el tránsito de una democracia representativa, restringida y de fachada, hacia una real y participativa, pasa por la convocatoria de una asamblea nacional constituyente paralela (única forma viable) para redefinir el rol político institucional de los órganos del Estado en términos de “pesos y contrapesos” que sustituyan el excesivo presidencialismo.

Lo otro es dejar al pueblo sin opciones políticas y lanzarlo por caminos utópicos y mesiánicos descartados por la historia, porque devienen en regímenes autoritarios o totalitarios propiciadores de la anarquía ¡Así de sencilla es la cosa!

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