REFLEXIÓN

Consumismo y Navidad: D. Marcelino González T.

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Estamos en los inicios de un tiempo hermoso en la vida de la Iglesia católica: el tiempo de Adviento. Tiempo de espera, de preparación para el nacimiento de Jesucristo nuestro Salvador. Sin embargo, la mayoría se prepara para gastar y gastar.

Vivimos en una sociedad claramente basada en el consumo. Un consumo que tradicionalmente distinguía entre necesidades básicas (alimentos, vestido y vivienda) y necesidades secundarias, casi siempre inalcanzables para la mayoría.

Superada, afortunadamente, hoy día la lucha por satisfacer las necesidades básicas, que solo recordamos viendo llegar los cayucos a nuestras costas con su carga de miseria, nuestro consumo se dirige, prácticamente, a necesidades secundarias. Por ello, cuando hoy hablamos de consumismo nos estamos refiriendo a necesidades más que secundarias, históricamente superfluas: segundas viviendas, lujosos automóviles, prendas de “marca”, costosísimos y sofisticados aparatos informáticos, audio, televisión, etc. Necesidades que obedecen más a impulsos emocionales que racionales. Y así las emociones y los sentimientos que afloran especialmente de estos días son “oportunamente” estimulados por la enorme carga de publicidad que nos lanzan desde los distintos medios y que van orientadas a convertir lo superfluo en necesario.

El consumista tiene un curioso repertorio de lemas, con los que intenta justificar su compra compulsiva, entre los que destacan: “un día es un día”, “mañana Dios dirá”, “estamos en navidades” o “cuanto más consumo más feliz soy”.

La minoría partidaria de un consumo responsable sostiene que los consumistas son personas inmaduras, fácilmente manejables por la publicidad y que, en definitiva, el consumismo no es equivalente a felicidad. Entre compra y compra, mientras bajamos por la escalera mecánica de alguno de los grandes almacenes, sería bueno reflexionar sobre el genuino significado de estas fiestas navideñas: el nacimiento de Jesús para los cristianos, su mensaje de paz para todos. En el centro de la Navidad cristiana están la justicia, el consuelo de Dios y la verdadera paz. En el centro está Jesús.

En la Navidad comercial y el desenfreno consumista, no está Jesús en el centro. En ese mundo domina y descuella la injusticia. El consuelo que ofrece al pueblo es propaganda comercial, el que los pobres puedan ver los aparadores o se frustren más por no poder comprar buenos regalos. El consuelo del mundo neoliberal son palabras.

Veamos algunos contrastes o mejor dicho contradicciones. Jesús es la buena noticia de Dios para los pobres a los que se anuncia la gran alegría del nacimiento del Salvador. La Navidad comercial es buena noticia para los ricos que ponen su salvación en el dinero y en el poder. No es buena noticia para los pobres. Jesús es la buena noticia de Dios para la humanidad, especialmente, para los pobres y oprimidos. La Navidad comercial puede tener imágenes de Jesús en sus centros comerciales, pero su dios es Santa Claus con su risa hueca y vacía. Navidad es la fiesta del optimismo cristiano respecto al ser humano y del mundo. Dijo san Ireneo que “Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios”.

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