EL MALCONTENTO

Contradictoriamente perplejo: Paco Gómez Nadal

Cada día soy más panameño. Lo saben algunos de los foristas que cada martes me dedican sus piropos floridos y me mandan a escribir de España o de Paraguay... de todo menos de Panamá. Por eso soy cada día más panameño, porque Panamá parece ser otro país menos el que se asegura que es.

Este juego de palabras tiene traducción en la realidad. Por ejemplo: ¿Quiénes son más panameños: los que disfrutan del panameñísimo West Land Mall o los que ven como el agua se toma sus casas por cortesía del centro comercial con nombre ajeno? Uno más: ¿Quién es más panameño: el presidente que fue al pueblo de su abuelo a presumir de su pasaporte italiano –quién será– o el alcalde electo aficionado a Wall Disney y a las zanahorias?

Los humanos somos contradictorios. Lo voy a demostrar. En España gustamos de dar ejemplos de democracia y participación, pero hace dos días se realizaron unas elecciones llenas de trabas para los partidos minoritarios y para los votantes; también mandamos de vez en cuando a Garzón a dar clases de justicia y memoria histórica pero aún no se puede abrir una fosa común de la guerra civil (han pasado “solo” siete décadas) sin que se arme el escándalo. También es cierto que en Panamá se presume de ser crisol de razas, punto de encuentro, puente entre mundos, etcétera, etcétera... pero luego se saca el estandarte del nacionalismo para arremeter contra todo extranjero sin plata que llegue al país: los que limpian casas, trabajan en obras o se buscan la vida sin abogado y sin cuenta de ahorros. Un colombiano, un venezolano o un gringo son buenos si compran nuestra casa o nuestro terreno a un precio inflado, pero son terribles si se les ocurre opinar sobre lo que acontece en el país.

En general, lo del nacionalismo es algo extraño porque genera sentimientos basados en tópicos que provocan, incluso, ganas de acabar con el otro, de machacar al que no comparte el pasaporte. Aunque, en este extremo, algunos panameños anclados al poder o manzanillos de este, están siendo muy democráticos. Es decir: vapulean a connacionales y extranjeros con el mismo rasero.

Me explico: si un argentino y una venezolana son el canal de comunicación del Presidente de la República y el primero sirve de punta de lanza para atacar a Varela y la segunda decide hacer el ridículo asumiendo el pequeño error de confundir Panamá con Filipinas para salvar la fama de su jefe... pues todos felices, que siempre vienen bien estos chicos de fuera que animen el cotarro nacional con mucha más profesionalidad y con muchos menos escrúpulos que un periodista nacional que sabe que deberá convivir con la memoria de lo hecho el resto de los tiempos. Alguien de fuera sufre de amnesia en cuanto toma el vuelo de regreso a casa [Lo siento mucho: en mi caso, uno de los extranjeros más extranjeros de Panamá, cometí el error de no olvidar a Panamá en cuanto “me subieron” al avión]. Eso, amnesia, es lo que no tiene Lavitola, que le ha tratado de cobrar los favores a Martinelli, ni el Parlamento italiano, que quizá le saque los colores al Presidente de la República cuando profundice en los contratos de la era Berlusconi [el ex primer ministro de Italia, por cierto, está sorprendido de que su amigo Riccardo no lo haya visitado en momentos tan aciagos para su carrera. Recuerden: “El mejor presidente que ha tenido Italia, junto con De Gasperi. En Panamá es muy popular” (Martinelli dixit, septiembre 2009)].

Pero acá llega el hecho democrático: los gobernantes corruptos del país y los empresarios que florecen a su sombra no distinguen nacionalidad a la hora de proporcionar sufrimiento. Por eso, nadie pensó en si drenaba o no drenaba ese esperpento llamado West Land Mall; a nadie se le ocurrió tampoco que la carretera David-Boquete se construyera según las promesas falseadas de Martinelli; tampoco hay pudor en cortar el suministro de agua potable a media ciudad cada pocos días; ni es un detalle tan importante que decenas de personas mueran por una bacteria incontrolada y que los responsables de controlarla estén tomando el fresco en sus oficinas...

El nacionalismo político es tan ingenuo como la creencia en que la riqueza de los pocos algún día caerá en cascada hacia los muchos. Cada día soy más panameño, y más venezolano, y más congoleño, y más francés, y más indio, y más canadiense... cada día soy más humano y, por tanto, más contradictoriamente perplejo.

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