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PROPUESTAS PROFUNDAS

Contribución a la educación: Rogelio De León-Jones

Durante la semana del 29 de agosto de 2013, el tema de la educación se me presentaba por todos lados, reclamando que pusiera mi granito de arena para mejorar la lamentable situación que vivimos en Panamá.

Primero, fue en una conferencia en la que el expositor puso la educación como el asunto prioritario para el logro de resultados en la estrategia de la entidad que representaba, y expresó su contrariedad por la falta de conocimientos mínimos entre las personas con títulos universitarios en la materia.

No llama mi atención ni que el asunto se señale, ni mucho menos que se le dé la primera atención. Para mí (y estoy seguro de que para muchas personas) la educación es, ha sido y será el fulcro del desarrollo de personas y países.

Segundo, fue la información publicada en La Prensa el 29 de agosto de 2013, con relación al desalentador lugar que ocupa Panamá según la medición del Índice Global de Competitividad que emite el Foro Económico Mundial, y la manera en que se desinforma acerca de esta realidad.

Tercero, fue el artículo publicado ese mismo día en la sección de Economía de La Prensa, titulado “La educación trae desarrollo”, en el que un empresario guatemalteco, director del Centro de Estudios Económico-Sociales (sic), sostiene que “una apuesta a la educación es la mejor inversión para el país”.

En suma, el tema es de actualidad y salta por todos lados. No obstante, en esto me alarma grandemente que parece persistir una ignorancia en cuanto a lo que debe consistir la educación.

¿Por qué mi alarma? Porque si nos remitimos al significado del verbo educar, el Diccionario de la Real Academia Española consigna la siguiente acepción: “2. tr. Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc. Educar la inteligencia, la voluntad”. Estas facultades intelectuales y morales constituyen el fundamento para la formación del carácter de la persona.

En Panamá vivimos la trágica realidad de que los mal llamados sistemas educativos no desarrollan –ni mucho menos perfeccionan– ni unas ni otras facultades.

Me indigna sobremanera que las soluciones que se ensayan, presuntamente, para resolver el problema de la educación se quedan por las ramas del árbol (las famosas reformas, mesas de diálogo, etc., etc.) y nunca van a la raíz: educar a las personas (de la edad que sean) en la formación del carácter.

También hallo escandaloso que se señale a los egresados de los sistemas como incompetentes (no es que no lo sean), pero que no se denuncien los centros educativos de los cuales egresan como los perpetradores de fraudes, por lo menos morales –cuando no legales–, por incumplir con su contrato social.

En mi opinión, esta ignorancia conduce a muchos a una ceguera funcional que ya es generacional.

Me parece que cabe bien el siguiente pensamiento: “No podemos resolver los problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando se crearon”, atribuido a Albert Einstein (1879–1955).

Sé que en Panamá hay empresas y organizaciones que hacen ingentes contribuciones a la educación. Tristemente, estas contribuciones poco logran porque operan dentro del nivel de pensamiento que ha creado el problema. Sugiero que el nuevo pensamiento que se requiere es abandonar la esperanza de que la solución radical que se necesita –en el más estricto sentido– vendrá del Estado (representado por los gobiernos de turno), pues a nadie escapa que los temas de Estado requieren de estadistas y los políticos son todo menos esto.

Propongo que las personas y organizaciones que quieren un mejor futuro para Panamá aglutinen sus esfuerzos alrededor de iniciativas independientes de la cortoplacista influencia política, para crear un incontenible tsunami que propulse la educación al primer plano de la atención de los panameños.

Madres y padres de familia, empresarios, estudiantes, trabajadores, todos, debemos volcar nuestras atención y energía a la solución del problema más radical: cómo hacer que los padres y educadores formen primero su carácter, para luego ser capaces de formar el de sus hijos y estudiantes. No sé si es lo primero, pero sí sé que entre las primeras cosas que hay que hacer es rescatar la profesión de educador y darle la dignidad, la importancia y el realce que requiere tan noble quehacer.

Igual hay que hacer con el papel de padre y madre. Sonará utópico y ambicioso, pero quizá haya que pensar en centros educativos particulares que formen sus caracteres, y que estén al alcance de todos. En un país con la pujanza económica de Panamá, estoy seguro de que hay muchas personas dispuestas a contribuir con una iniciativa de tan noble y largo alcance.

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