GOBIERNO DE SORDOS

Corrupción y autoritarismo: Magela Cabrera Arias

Un populismo corrosivo y tramposo impregna el ambiente, convirtiendo lo que debería ser una confrontación de ideas, de proyectos políticos y de propuestas detalladas, en un circo grotesco que ofrece espectáculos de mal gusto cada día, dejando de lado los graves problemas que afectan a los ciudadanos más humildes. El fenómeno de la corrupción es ampliamente descrito y documentado en los diarios, que nos entregan puntualmente reportes de sucesos que en algunos casos parecieran pesadillas que nos indigestan el desayuno de cada mañana. Estos atropellos a la Nación ocurren con el beneplácito y la complicidad de la clase política y a costa de nosotros, los contribuyentes, que invariablemente acabamos pagando los platos rotos.

La gravedad del problema no radica únicamente en un marco constitucional inadecuado para la realidad social y económica contemporánea que impide construir una Nación justa, solidaria, que ofrezca oportunidades de desarrollo para todos. El obstáculo fundamental es la ausencia de ética y honestidad. El oficio de la política se ha convertido en Panamá en una competición entre vendedores ambulantes que, a bordo de sus camionetas y micrófono en mano, ofrecen arroz, azúcar y lo que sea necesario allí por donde pasan. Todo suena a enorme bazar, a gran subasta, a gigantesca liquidación. Basta de confundir el oficio de político con el de charlatán de feria en el que se oferta alegre e irresponsablemente cualquier cosa para satisfacer a quien lo escucha.

La corrupción goza de buena salud en Panamá: se corrompen ideales, carreras, políticos, jueces, legisladores incluso amistades y amores. Lo triste de ese espectáculo es que la corrupción no solo es inmoral, es un ataque mortal contra a la sociedad. No es casual que los países más desarrollados son los más transparentes ni que los más pobres sean los más corruptos. Dicen algunos que la corrupción existe en todas partes: la diferencia radica en que en Panamá se la alimenta con impunidad y olvido, y en otros lugares se la combate con transparencia y fiscalización.

Diputados, ministros, políticos y magistrados están aquejados de muy mala memoria y, también, de sordera irreversible y profunda. Hacen oídos sordos a las peticiones de los ciudadanos. Nos resistimos a la creación del Fondo de Ahorro y a la Sala Quinta; nos negamos a la venta de acciones estatales de las empresas eléctricas y telefónicas y las tierras de Zona Libre. No queremos que se regalen las tierras estatales en las zonas costeras ni, tampoco, la destrucción de los manglares de la bahía de Panamá ni la práctica de la minería a cielo abierto, que envenena aguas y tierras y despoja a las comunidades indígenas de sus territorios. Nos oponemos a que el Ejecutivo controle la Corte Suprema, la Asamblea Nacional y el Tribunal Electoral.

Queremos saber cómo se usa el dinero de los contribuyentes. Exigimos leyes y presupuesto que impulsen la cultura; políticas que ordenen la expansión de las ciudades potenciando barriadas seguras con espacios públicos y viviendas dignas. Queremos conservar el Casco Antiguo y el resto de sitios que ostentan el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad. Demandamos buena atención de salud, agua potable las 24 horas del día para todas las comunidades, educación de calidad que rescate a la gente de la ignorancia y la mediocridad, transporte público frecuente y adecuado en todas las rutas, trabajo digno que disminuya el 45% de población trabajando en el sector informal, acciones que controlen los precios de la canasta y servicios básicos. Exigimos un Estado de derecho, una democracia participativa y justicia social.

Recuerdo ahora las palabras de Eloy Alfaro –líder de la revolución liberal ecuatoriana (1895-1924)–, “La noche es más negra cuando se acerca la aurora”. Ya la sociedad panameña ha alcanzado un claro consenso: enfrentar la rapiña, la corrupción y la represión gubernamental. Además, se escuchan muchas voces pidiendo que se convoque una Asamblea Constituyente que detenga la voracidad, deshonestidad y corrupción de la clase política impúdica y de otros individuos perniciosos; se desarrolle una institucionalidad democrática con normas y procedimientos que regulen el ejercicio de autoridad, propicien la resolución pacífica de conflictos e impidan caudillajes personalistas; se impulse un cambio del actual modelo económico dominado por el mercado y el consumo, que solo busca crecimiento económico en menoscabo del desarrollo social y que propicie un desarrollo económico, social y ambiental sostenible con equidad y participación ciudadana.

El hombre nace libre, responsable y sin excusas, afirmaba Sartre. No se debe olvidar a quienes han defraudado a los ciudadanos con promesas incumplidas y abiertas prácticas de nepotismo y corrupción; no podemos quedarnos de brazos cruzados. La aurora pareciera alumbrar la ruta de una Asamblea Nacional Constituyente igualitariamente organizada para los miembros de la sociedad panameña; que propicie un debate democrático, garantizando la participación, y en la que se expresen las necesidades y propuestas de todos los que conformamos la nación panameña.

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