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VALORES INVERTIDOS

Corrupción: tolerancia cero: Xavier Sáez-Llorens

La corrupción es, sin duda, el factor que más contribuye a la desconfianza de los ciudadanos en el gobierno de turno. Un gobernante puede decir mentiras (algo habitual en políticos) o fallar en el cumplimiento de promesas electorales (los trámites públicos son distintos a los privados), pero si prevalece la transparencia, la percepción de su gestión podría ser favorable. Por el contrario, si durante el ejercicio del poder ocurren escándalos de corrupción y estos no son sancionados, la posibilidad de que su partido repita triunfo en la siguiente elección, es prácticamente nula.

¿Por qué da asco la corrupción? Desde una perspectiva social, porque se drenan las arcas estatales requeridas para mejorar la calidad de vida de todos los habitantes. Es inaceptable que en una nación tan pequeña y relativamente rica, haya cifras deplorables de pobreza y miseria extrema. Desde una perspectiva individual, porque frustra que cualquier imbécil o tarado que ostente un cargo público gane, sin apenas sacrificio intelectual o académico, 5-100 veces más que alguien decente que transita muchos años de su vida estudiando una carrera profesional. Desde una perspectiva ética, porque la truhanería parece siempre brindar privilegios a los individuos que la ejercen. Los valores están invertidos en Panamá. Nuestra sociedad discrimina a homosexuales, portadores del VIH, mujeres, negros, indígenas, chinos y ateos, pero venera a los empresarios que han generado fortunas a punta de coimas y a los políticos que han robado millones con “apego a la ley”. ¿Para qué se necesitará tanto dinero? En la tumba no hará falta gastar y, dejar mucho, propiciará que los hijos no aprecien la trascendencia de los logros graduales basados en esfuerzo.

No soy tan ingenuo para creer que toda percepción es atinada. Los medios de comunicación, a través de reporteros manipulados por jefes afectados en sus intereses personales, y los colectivos de oposición, por sus afanes desmedidos de poder, se encargan de desvirtuar sucesos o inventar conspiraciones para beneficio propio. Causa repugnancia que sempiternos cabecillas opositores clamen por justicia, cuando ellos formaron parte de corrupciones anteriores, o que despechados arnulfistas, que participaron inicialmente en la alianza, despotriquen ahora contra sus antiguas mancuernas. Nos han visto cara de tontos. Pero, aunque la percepción no es sinónimo de culpa, bastante aproximación a la realidad ocurre en innumerables ocasiones.

No me atrevería, sin pruebas fiables, a acusar a alguien de corrupto. La calumnia infundada debe ser también motivo de prisión. No obstante, los casos que han sido ventilados recientemente por audaces equipos de investigación periodística, inducen a pensar que varios funcionarios del Gabinete están involucrados en flagrantes episodios de corrupción. Los entramados de tierras en Chilibre, Juan Hombrón o Paitilla, las licitaciones directas por doquier y los aparentes sobreprecios en la compra de radares, despiertan suspicacia de fechoría encubierta. Irrita saber que se gastan millones en radares y no hay recursos para construir un nuevo hospital para niños.

El reciente informe de Transparencia Internacional hace mucho daño a la imagen de Panamá. La calificación de 3.3 sobre una escala de 10 significa, en términos educativos, fracaso rotundo. Es vergonzoso observar que competimos con civilizaciones primitivas en materia de honradez.

En la última década, voceros oficialistas y hombres de negocios han tratado de clasificar al istmo como el Singapur o el Dubai de América Latina. Tristemente, ambas naciones nos doblan en el puntaje. Esta diferencia refleja al menos cuatro lustros en adquisición de estándares de probidad. Una favorable ponderación no depende ni del sistema político ni del modelo económico que exhiban los países. Italia, doctrina de derecha, o Venezuela, régimen de izquierda, reptan por pantanos similares de podredumbre moral.

La valoración depende básicamente de la integridad de las personas al frente de sus instituciones democráticas. Por tanto, exhorto al mandatario a reclamar que se indague hasta las últimas consecuencias, así caigan familiares o allegados. De no hacerlo, la sociedad podría creer que existe complicidad presidencial en los actos delictivos.

¿Soluciones para mejorar la nota en la asignatura de corrupción? A corto plazo, penalizar contundentemente a los corruptos. La certeza de castigo es el mejor ejemplo para que los demás se arrepientan de actuar de manera ilegítima. Paralelamente, convendría que los periodistas, además de presionar para que impere la limpidez, resaltaran al funcionario honrado, para no desestimular a personas decorosas a meterse en política. De lo contrario, perpetuaríamos los malos índices. A mediano plazo, deberíamos elegir a candidatos que demuestren una impecable trayectoria de rectitud en su conducta previa. Caras nuevas y rostros independientes podrían liberarnos del secuestro “democrático” a que nos tienen sometidos las facciones partidistas. A largo plazo, incorporar una disciplina anual de ética y civismo, para que sea impartida en todos los grados escolares de primaria, secundaria y universidad. ¿La meta? Hasta que no haya más “juega vivos”.

No podemos quedarnos callados. Como señalaba José Ingenieros, “Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan”. twitter @xsaezll

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