GOBIERNO

´Corruptocracia´: Jorge Gamboa Arosemena

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Panamá ha vivido un sistema político que se puede definir como plutocracia, “timocracia”, pero nunca una democracia.

Después de la invasión criminal, anhelábamos vivir bajo los parámetros de un Gobierno democrático, pero se contemporizó con la dictadura al tolerar su Constitución, sus leyes y sus prácticas. Así, lo que podía haber sido un camino a la madurez, como nación, para acercarnos a una democracia aceptable, fue decayendo.

Hoy, con menos muertos que en la dictadura, pero con mayor eficacia para lucrar del patrimonio del Estado, quienes detentan el poder político nos llevaron a una “corruptocracia”, esa que hace aflorar la putrefacción de parte de los llamados “políticos exitosos” que abusan de los recursos del Estado. Y esto ocurre no solo en la política, sino también en los ámbitos deportivo, gremialista, empresarial, profesional, cultural y hasta religioso.

En estos primeros tres meses del nuevo ejercicio gubernamental se han destapado las maleanterías del gobierno anterior. También afloran, aunque en menor dosis, las corruptelas del actual. Por ejemplo, el nombramiento de un director de la Policía Nacional en violación a lo que estipula la ley, así como otros funcionarios al frente de la Zona Libre de Colón, del Aeropuerto Internacional de Tocumen y de la Caja de Seguro Social, a pesar de evidentes conflictos de interés y trasgrediendo otras leyes.

Presenciamos el degradante nepotismo de dos ministros que nombraron a parientes como colaboradores y que, a pesar de los cuestionamientos, justificaron sus acciones de forma cínica. Ni se diga de la parentela del Presidente en diferentes cargos públicos. Estos son signos de la plutocracia que resurge ahora, con fuerza, como en las décadas de 1950 y 1960.

Todos esto se hubiese obviado, mediante la apertura de concursos para llenar tales posiciones o, por lo menos, con la definición de plazos de no más de un año para que se ocuparan esos cargos, aunque se nombraran a esos mismos parientes de forma temporal.

Es evidente que vivimos en una “corruptocracia” y nada indica que se eliminará, aunque la esperanza o el consuelo de una infinidad de ingenuos es que será de menor intensidad que la que experimentamos durante el gobierno anterior.

Al final de la dictadura militar se creyó que cuando Manuel A. Noriega saliera del poder, el país se arreglaría. Y tanto se le “satanizó” que, de forma indirecta, se limpió la imagen de Omar Torrijos, en cuyo “reinado” hubo 70 muertos y desaparecidos, mientras que en el de Noriega fueron 40 los muertos. Hace poco, muchos ciudadanos creyeron que una vez se terminara el gobierno de Ricardo Martinelli, el país se enderezaría. El problema no era Noriega ni Martinelli, ellos fueron la expresión momentánea de la corrupción profunda que reina en Panamá.

Basta ver cómo quedó integrado el nuevo Órgano Ejecutivo, pues muchos miembros fueron actores en gobiernos corruptos. ¿Y el Legislativo? Aunque algunos diputados han sido impugnados por irregularidades durante la campaña y el proceso de elección, 38 se reeligieron. ¿Cuántos más habrán utilizado dineros públicos o fondos de dudosa procedencia, distorsionando la equidad que debe tener todo torneo democrático?

En el Órgano Judicial hay cinco magistrados del martinelato, y cuatro se acomodaron a sus dictámenes; mientras que en el Ministerio Público, la actora principal viene de la dictadura.

Tenemos tantas distracciones (de espanto) en estos estamentos del Estado que nos olvidamos de otro sector altamente corrupto: los regímenes municipales. Una infinidad de alcaldes y representantes fue reelecta en sus cargos, y la pregunta obligada es: ¿cómo actuarán o si enmendarán sus pasos?

Uno de mis maestros en política, Carlos Iván Zúñiga, utilizaba una expresión que viene como anillo al dedo: “Los gusanos que devoran el cadáver no lo resucitan”. A no ser que hagan un acto de contrición por sus felonías y muestren con acciones esa intención, con ellos no se puede contar. Difícil la situación...

¿Tendremos que esperar el surgimiento de una nueva generación de panameños para refundar la República o bastará con que independientes y miembros de la sociedad civil, con la ayuda de algunos políticos (atípicos) lleguen a un acuerdo para encontrar el catalizador que los una en esta nueva cruzada?

La experiencia que vivimos no es exclusiva de Panamá, es un fenómeno mundial que azota, con mayor o menor intensidad, a otras latitudes, pues la corrupción es consecuencia de la naturaleza egoísta del ser humano. Hay que domar esa bestia interna mediante la racionalización del egoísmo e imponiendo un sistema inflexible. La democracia ilustrada debe doblegar a la “corruptocracia” reinante. La pregunta es: ¿cuándo?

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