REFLEXIÓN

Creer, pensar, saber: Ruling Barragán

Se suele decir que los seres humanos son capaces de creer, pensar y saber. Sin embargo, estos tres actos del animal racional no son igualmente accesibles ni tienen igual valor. Tener una creencia es algo en principio fácil y simple. Creer consiste en confiar en el testimonio de los otros o en la evidencia de los propios sentidos. Creo en lo que me dijeron, leí o vi. Creo en el amor, porque lo siento, no porque lo pienso. Para creer no se requiere pensar, mucho menos, saber. La mayor parte del tiempo creemos; pocas veces, pensamos. Sería imposible vivir si desconfiáramos siempre; necesitamos creer, pues no se puede pensar en todas las cosas, ni en cada instante.

Al contrario de la creencia, el pensamiento exige un poco de esfuerzo. En algunos casos, mucho, dependiendo del grado de complejidad o dificultad de lo que pensamos. Al pensar o razonar, fundamentamos nuestras ideas. Así, pues, razonar consiste básicamente en fundamentar un juicio, esto es, en tener un porqué para cada enunciado que asumamos. Este fundamento puede ser a su vez otro juicio, o algo evidente (una percepción, una experiencia). Cuando pensamos concienzudamente en algo, buscamos el último porqué de ese algo, es decir, una razón o juicio que no nos lleve a buscar otro “porqué”. Cuando pensamos, creer resulta superfluo.

El saber, o la sabiduría, es algo mucho más problemático y difícil que el mero creer o el puro pensar. Hoy día, casi todos los intelectuales descartan que exista algo como la sabiduría. Para ellos es ridículo e ingenuo creer o pensar que exista y, por ende, que haya sabios, siquiera uno. La sabiduría sería una especie de quimera o fantasía romántica de tiempos antiguos y medievales. Dejando de lado si realmente existe o no, el hecho es que la sabiduría nunca consistió en pensar muchas cosas. El pensamiento (y también la creencia) puede ser incluso un obstáculo para la sabiduría, como han dicho y escrito muchos. La sabiduría tiene que ver esencialmente con el arte de vivir de manera justa, buena y feliz. El sabio podría ser un bosquimano del Kalahari o un catedrático de Oxford.

Si su vida interior y exterior transmite, constantemente, justicia, bondad y bienestar, y quienes le rodean dan testimonio de que es así, entonces usted podría contar como una persona sabia. Sin embargo, lo más probable es que no lo sea, que nadie lo sea. De nuevo, los intelectuales podrían estar en la verdad. Es muy probable que lo estén.

Si todo lo que tenemos es creencia y pensamiento, pero no sabiduría, entonces vivimos a medias e insatisfechos. Si tal es el caso, estamos realmente perdidos. ¿Es esta la condición humana?

Quizá valga la pena dedicar unos minutos al día a meditar sobre el saber. Tal vez alguien tenga la fortuna de llegar a ser sabio, o al menos, tenga la suerte de conocer a uno.

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