DISCRIMINACIÓN

¡Cuán fácil es caminar con las ´zapatillas´ propias!: Javier Barrios D.

Me contaron que al arquitecto Edwin Fábrega (q.e.p.d), padre del actual ministro de Gobierno (¡extraña coincidencia!), director del IRHE en el gobierno de Omar Torrijos, le correspondió reunirse con el cacique guaymí de esa época para plantearle la necesidad de construir una hidroeléctrica en el río Changuinola, pues la demanda de energía eléctrica crecía y el petróleo se encarecía.

Pero era indispensable construir un lago que inundaría las tierras en donde se encontraban ellos, no obstante, le aclaró que no se preocupara, porque serían reubicados en tierras más altas, cercanas, y que contarían con mejores casas y con luz eléctrica. A cada expresión del arquitecto Fábrega, el cacique asentía con la cabeza, “sí señor... ajá”.

Cuando terminó, el cacique le dijo: “Señor arquitecto, nosotros no necesitamos luz eléctrica, pues contamos todo el día con la luz que nos regala el sol y en la noche usamos güaricha, y la de ustedes cuesta. Esas casas de ustedes son muy cerradas, calientes y están sobre el suelo, en cambio, las nuestras son abiertas, frescas y construidas a un metro del suelo. Estas tierras aquí son bastante planas y buenas, mientras las de allá arriba son barrancos y pedregales (malísimas). Si por allá necesitan más luz eléctrica, que inunden sus ciudades, pero no nuestros caseríos y tierras... (ñagare)”.

Nada ha cambiado, salvo que ahora son varias hidroeléctricas y que los indígenas han adquirido mayor conciencia de grupo y están más preparados para defender sus derechos.

Aclaremos: no es que las hidroeléctricas no sean necesarias y se quiera frenar el desarrollo del país; es un asunto de justicia social, de una compensación por el daño histórico ocasionado, de un problema de carácter integral... ese es el trasfondo de todo esto.

No se puede ser ahistórico, pero hay panameños que sufren de amnesia o no les enseñaron bien la historia o, peor, discriminan o no tienen conciencia social. En efecto, ninguna invasión, guerra, holocausto, etc., en este planeta, supera a la conquista de América por parte de España y otras naciones europeas. En un enfrentamiento desigual, los indígenas fueron masacrados, además de diezmados por enfermedades traídas por el invasor, y los sobrevivientes expulsados de sus territorios y/o sometidos a la esclavitud.

En Panamá no fue distinto... los sobrevivientes de asentamientos humanos ubicados en las tierras bajas y fértiles de Coclé, Veraguas, Herrera, Chame, etc. (recordemos, con respeto, al cacique Urracá) que no se sometieron al invasor se vieron obligados a refugiarse en las montañas, hasta el sol de hoy.

Datos históricos revelan que cuando los españoles llegaron (¡“descubrieron”!) a América, los aborígenes tenían más de 25 mil años de haber llegado a estas tierras. Se estima que en el año 1492 unos 100 millones de ellos poblaban América (mientras Europa no superaba los 70 millones), de los cuales, 60 millones fueron exterminados en solo siglo y medio. La población del imperio azteca rondaba los 25 millones y, en 80 años, fue reducida a 10 millones. Su capital, Teotihuacan, superaba los 200 mil habitantes (más que cualquier capital europea de la época). El imperio inca tenía casi 15 millones de indígenas, sobresaliendo Cusco, su capital, con unos 100 mil habitantes. En Panamá la población autóctona de entonces se calculaba en casi un millón... hoy solo hay 417 mil 600.

La presión durante siglos no ha cesado, pues el incremento de la población “latina”, la expansión de la frontera agrícola y la avaricia de los terratenientes continuaron arrinconándolos, dejándoles las peores tierras y sumidos en la más absoluta miseria. Hoy, el 98% de los ngäbe buglé son pobres y un 90% extremadamente pobres, frente a un 37% y 17%, respectivamente, en todo el país. De su existencia se sabe solo para la zafra del café (esclavitud moderna), durante el congreso anual y cada cinco años para las elecciones nacionales.

Una vez más, quieren expulsarlos de sus tierras. Desilusionados y frustrados, hace algunos años comenzaron a migrar a las ciudades (la hermosa enagua circula cada día más por nuestras calles) ofreciendo la única riqueza que les queda... su fuerza de trabajo, siempre subvalorada, terminando por perder lo que siempre les ha sobrado... dignidad.

Algunos panameños se atreven, sin sonrojo, a decir que los indígenas son pobres porque quieren, que no quieren cambiar, que les han “dado” (¡será devuelto!) demasiadas tierras, que son borrachos, haraganes, intransigentes, se mofan de ellos, etc. ¡Cuán fácil es caminar con las “zapatillas” propias!

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