Cuestión de egos

Juntos, los mexicanos Guillermo Arriaga y Alejandro González Iñárritu eran geniales, por separado, son creadores esforzados.

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ACTOR. Javier Bardem interpreta magistralmente a un padre golpeado por la vida. AP ACTOR. Javier Bardem interpreta magistralmente a un padre golpeado por la vida. AP
ACTOR. Javier Bardem interpreta magistralmente a un padre golpeado por la vida. AP

La mejor relación creativa entre un guionista y un director en este joven siglo XXI se dio en México, cuando el escritor Guillermo Arriaga y el DJ Alejandro González Iñárritu decidieron formar un equipo de excepcional resultado cinematográfico.

Cada vez son menos frecuentes los casos en que un director tiene un guionista de planta, o bien un guionista tiene un cineasta permanente que lleve a la pantalla grande sus historias.

Esa es la parte negativa del tan mentado cine de autor, que le ha llenado la cabeza a los realizadores independientes de que deben no solo estar al frente de la cámara, sino que también tienen que redactar obligatoriamente el guión literario y técnico de sus producciones. Porque Arriaga y González Iñárritu ofrecían un paquete completo, en el que cada uno daba lo mejor de sí mismo en cada título.

La prueba está en las tres excepcionales colaboraciones que hicieron como una sola unidad ingeniosa: Amores perros (2000), 21 Gramos (2003) y Babel (2005).

Después de Babel se dio un problema de egos, en el que cada uno decía ser el dueño absoluto de los tres títulos antes mencionados.

Esta diferencia los llevó a separarse definitivamente, perdiendo el séptimo arte, y los espectadores la grandeza de dos hombres que por separado no son tan grandiosos como cuando eran un solo núcleo inventivo.

Guillermo Arriaga dirigió y escribió Lejos de la tierra quemada, en 2008, una cinta decente con estructura fragmentada como es su especialidad, con las actuaciones dignas de Charlize Theron y Kim Basinger, pero que carecía de una mirada fílmica sostenida por más que las apariencias indicaban lo contrario.

Alejandro González Iñárritu necesitó de sí mismo y de la ayuda de otros dos guionistas (Armando Bo y Nicolás Giacobone) para resolver el argumento de Biutiful, un drama que tardó cuatro años en terminar y cuyo resultado es valioso, aunque no lo suficientemente inolvidable como la trilogía del dolor y el desarraigo que hizo con Arriaga.

Lástima que la vanidad de ambos no les permite darse cuenta que se necesitan mutuamente para rodar obras maestras.

No es que Lejos de la tierra quemada o Biutiful sean piezas menores. Al contrario, tienen lo suyo como análisis del sufrimiento y las culpas, pero ninguna de las dos es mejor que 21 Gramos o Babel. Ojalá estos dos genios lo entiendan y regresen a trabajar juntos de nuevo.

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