DESTRUCCIÓN

Delito ecológico en Soná: Jaime Cheng Peñalba

Hace un par de décadas se podía apreciar en las quebradas, ríos y riachuelos del distrito de Soná, en Veraguas, una exuberante fauna y flora que engalanaba los hermosos paisajes naturales de aquellos campos y áreas semirrurales.

Los ríos eran ricos en peces, moluscos y crustáceos. Había bagres inmensos, colosales cardúmenes de sardinas, moluscos que se aferraban a las piedras de los remansos y se contaban por millares, incluso, los lagartos.

Recuerdo que cuando era muy joven, solía pasar por el mercado público de Soná en época de invierno, sobre todo, y podía apreciar la venta de variedades de cangrejos, de un gran tamaño, y de peces del manglar, los que se vendían sin la menor sospecha de que hubiese un abuso al ecosistema.

Hoy día el panorama es desolador y verdaderamente preocupante. Los delitos ecológicos campean en muchos distritos de la provincia de Veraguas, sin que exista un plan efectivo de contingencia para hacer frente a este proceso irreversible de destrucción del suelo, la fauna y flora.

Hay riachuelos, en Soná, en los que casi no se observan peces. Hay testimonios de lugareños que aseguran haber presenciado una mortandad de pescados y camarones en las orillas de algunos de estos ríos y quebradas. Personas inescrupulosas se han dado a la tarea de envenenarlos, para hacer negocios, rápidamente, con la venta de estos animales intoxicados. Con ese fin, usan bombas que acaban con las especies grandes y pequeñas.

Lo triste de este asunto es que estas especies tardan años en regenerarse, debido al efecto prolongado de estos métodos criminales. ¿Quién vende estas sustancias venenosas, explosivos y otros dispositivos de destrucción masiva? ¿Qué hacen las autoridades locales y del ambiente para frenar esta tragedia ambiental?

Al parecer, los discursos de los ambientalistas sobre el calentamiento global y la falta de agua en el planeta entran en los oídos sordos de los dueños de las grandes hectáreas, quienes siembran frondosos bosques de madera comercial para un día derribarlos y dejar el sitio como un desierto, caliente y desolado.

¿Quién frena la venta de pequeños crustáceos (porque ya grandes no hay) en Soná, incluso, en la época de verano cuando se inicia su ciclo de crecimiento?

Para acabar con esto, habrá que imponer sanciones más enérgicas o iniciar una campaña educativa, casa por casa, no importa lo apartadas que estén las comunidades.

Es cierto que muchas de estas especies son de consumo humano tradicional, pero si las explotamos irresponsablemente, algún día solo nos quedará el recuerdo de ellas.

Así como hay un plan de Vecinos Vigilantes contra el crimen y el delito al patrimonio en varias comunidades, se tendrá que implementar uno que denuncie (hasta con recompensa de ser posible) el delito ecológico, para que en un futuro no muy lejano vuelvan a aparecer los grandes peces y camarones que habitaron los caudalosos ríos de Soná y otros de la geografía nacional.

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