ADVERTENCIA

Democracia, institucionalidad y corrupción: Carlos David Abadía Abad

La democracia es el mejor sistema de gobierno –yo diría que es perfecto–, pero sucede que los seres humanos, principalmente los que llegan al poder, la manipulan para su beneficio. Además, ciertos sectores de los gobernados se hacen los desentendidos.

Este sistema se basa en principios muy claros. La libertad en todo el sentido de la palabra es uno de estos y diría que el más importante. Le siguen la ética, la honestidad y el respeto. La democracia se afirma en instituciones como el Tribunal Electoral, que rige lo concerniente a la escogencia de los gobernantes, y que no se limita al derecho del voto y el respeto a este, sino que tiene que ver con el proceso previo y posterior al día de las elecciones, con las fuentes de financiamiento para evitar el uso de los recursos del Estado por medio de dádivas, regalos y propaganda que compre la conciencia del votante, y con las promesas que generen falsas esperanzas, porque no son viables financieramente, sino solo mediante aumentos de impuestos que castigan a la población.

Otra institución fundamental, es la Asamblea Nacional. Cuando se “compra” a diputados para tener una mayoría silenciosa, quien pierde es el ciudadano, porque la principal función de ese órgano es fiscalizar al Ejecutivo. Es el que hace contrapeso para evitar que los contratos de la nación sean lesivos a ella y debe ver que sus costos sean los adecuados, de lo contrario deja de ser el muro de contención en perjuicio de las personas que votaron por ese diputado.

Indudablemente que su función de generar leyes a favor del país, no del gobierno, es otra de sus responsabilidades irrevocables. Al tener una Asamblea sumisa que solo se dedica a repartir “regalos” para comprar conciencias, este pilar de la democracia se debilita y, tarde o temprano, genera una explosión.

La justicia es otra de las corporaciones en las que se sustenta la democracia. Ese órgano es el que le da credibilidad y confianza a los ciudadanos, desde el más pobre hasta el empresario más encumbrado. Pero cuando esta institución no goza de la independencia del Ejecutivo, pierde todo su sentido. Es más, no existe en la práctica, porque sus fallos vendrán desde afuera, no de las leyes.

Cuando esos principios e instituciones se debilitan, entonces prevalece la corrupción y, más temprano que tarde, esto explota y nos afecta a todos. Cuando se construyen obras con sobrecostos, cuando se pactan contratos en perjuicio de las mayorías, los gastos se acumulan hasta que las recaudaciones del Estado no soportan más y el endeudamiento es inmanejable. Entonces, los gobiernos se declaran en quiebra y recurren a nuevos impuestos, situación que perjudica a todos los ciudadanos, especialmente a los pobres, porque todo lo que tienen que consumir, desde su comida, vestimenta y vivienda se impacta por el alza de impuestos. Además esas crisis vienen acompañadas de desempleo, empeorando el panorama.

Esto ya la vivimos en década de 1980, cuando tanto los principios como las instituciones dejaron de respetarse y colapsaron. Hoy percibo señales similares. Los personeros del gobierno cuestionan el derecho que tenemos a disentir, si lo haces entonces ya eres enemigo del gobierno. La sola violación de este derecho pone en duda el principio de libertad.

Hoy veo que el comportamiento de los funcionarios de los tres órganos dista mucho de ser ético. El exceso de financiamientos de las campañas y el desconocimiento de sus fuentes empañan el proceso electoral; la actuación vergonzosa y atrevida de los diputados, iniciando con el presidente de la Asamblea; y la trifulca de barrio en la Corte Suprema nos llevan a experimentar esos signos y señales de los años 80. Ojo, pensemos en este país, que aunque le falta mucho para ser del primer mundo, tiene elementos que nos pueden situar en este, pero si no respetamos los principios e instituciones democráticas, tendremos un retroceso muy grande.

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