MONOPOLIO ELECTORAL

¿Democracia o partidocracia?: Evans A. Loo R.

Por décadas se nos ha vendido la idea de que los partidos políticos son algo imprescindible para el sistema democrático, sin embargo, el concepto de democracia se ubica con anterioridad a la aparición de los partidos políticos. Las primeras experiencias de regímenes democráticos en la Grecia antigua y aún en la República romana poco tenían que ver con lo que hoy llamamos partidos políticos.

La concepción del Estado democrático, tanto en su versión de democracia representativa, como de la directa, se asienta sobre una relación bilateral entre ciudadanos y Estado, la democracia, tal y como la conocemos hoy, estriba solo en la apropiación por parte del pueblo del poder político.

Aun cuando en el diseño de la democracia representativa, los partidos políticos solo ocupan un lugar secundario e instrumental, ya que son los vehículos que facilitan al ciudadano-elector escoger a sus representantes; con el desarrollo y la creciente complejidad de las sociedades contemporáneas, este rol se ha modificado de manera sustancial.

Los partidos políticos han ido, poco a poco, adquiriendo el monopolio de esa instrumentalidad electoral y se han erigido en vehículo exclusivo para acceder a la representación del pueblo en los órganos del Estado. Han prolongado inexplicablemente su papel y asumido un creciente control sobre el ejercicio de la representación popular, sometiendo a los representantes del pueblo a la disciplina partidaria.

En una clara distorsión del concepto de democracia, hemos llegado solapadamente a plantear la distinción entre democracia representativa y lo que es democracia de partidos, lo que en años recientes nos ha llevado a colegir que nuestro régimen es de una democracia de partidos y no de la democracia representativa, que es el ideal perseguido desde el advenimiento de la República.

Nuestra ley fundamental reconoce a los partidos la facultad de sustituir a aquellos miembros del cuerpo legislativo que habiendo sido electos bajo la nomenclatura partidista, no respeten la disciplina de voto; en otras palabras, al ubicar al partido por encima de la voluntad de los electores, se privilegia, en el ejercicio de la democracia, el papel del partido por encima del mecanismo de representación y, en consecuencia, lo que define al régimen político no es esta última sino el poder del partido, o lo que es lo mismo: una partidocracia.

Partidocrazia en italiano y partidocracia en castellano son vocablos de uso creciente en el lenguaje político, por lo general, con una connotación peyorativa y aludiendo a un estado de “enfermedad” del régimen democrático; una deformación de la democracia. El concepto surge en el contexto de la discusión de las relaciones entre sociedad civil y sociedad política y alude a una abusiva apropiación de espacios políticos por parte de los partidos políticos en una determinada sociedad. Es por ello que bien podemos definir la partidocracia como una desviación del papel que corresponde a los partidos políticos en la democracia representativa.

El fracaso de los partidos políticos ha quedado demostrado de manera fehaciente, jamás podremos lograr ningún cambio gracias a ellos, y se diga lo que se diga, tenemos que irnos acostumbrando a que para lograr la democracia que todos aspiramos, lo mejor será vivir sin ellos. Todos están bajo el escrutinio y la crítica, pero las cúpulas partidistas y la desgastada clase política tradicional, insisten en que estos son la vía fundamental para participar en política. Afortunadamente, poco a poco, es una vía en la que la mayoría de los panameños ya no cree.

El grueso de la población no está encontrando en los partidos políticos un canal para participar en política. Este fenómeno podría ser resultado de dos problemas. En primer lugar, el hecho de que las personas no están interesadas realmente en participar en la política. No sería extraño. Un rasgo de las sociedades masivas modernas es el creciente individualismo en las actitudes y patrones de comportamiento de la población. En segundo lugar, las personas y las familias se atrincheran en sus propios círculos y, cada vez con mayor frecuencia, apelan a soluciones particulares ante problemas generales.

Ninguno de los partidos que están en la arena política representan el país al que pueda aspirar la mayoría de los ciudadanos. No sabemos hoy si esos siguen siendo partidos políticos o, simplemente, clanes políticos. Sacudidos por sus propias divisiones y enfrentamientos, no han tenido tiempo para dedicarse a construirse como verdaderos partidos políticos de cara a la población.

La discusión contemporánea se circunscribe al análisis de los regímenes democráticos, que cuentan con una pluralidad de partidos, en los que las libertades públicas fundamentales tienen vigencia así como la separación de órganos del Estado. Es decir, donde la sociedad civil tiene posibilidades de constituirse en su multiplicidad y actuar, planteando así la disputa de espacios con los partidos políticos; no es pues, arbitrario, que el uso de partidocracia en su forma peyorativa provenga principalmente de las organizaciones de la sociedad civil.

En los últimos lustros, con este régimen de partidocracia vigente, la sociedad civil perdió su espacio y su autonomía y encontrándose enfrentada a un dilema por demás negativo: o se adscribe a un determinado partido político o se abstiene de participar en la política; encerrándose en sus tareas “técnicas”.

De esta manera el abuso de la función política por parte de los partidos políticos tiene como correctivo la tendencia a una despolitización extrema de organizaciones sociales. ¿Y cuál sido el resultado, devaluar la calidad de la democracia o incrementar los vicios de la partidocracia?

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