EL MALCONTENTO

(Des) obediencia debida: Paco Gómez Nadal

Hay debates que ya no damos. Deberíamos retomar algunos. Por ejemplo, el que diferencia lo legal de lo legítimo, el que demarca el abismo entre la Justicia (con mayúscula) y lo justo, el que obliga a contemplar los matices que separan la ética de la moral... Es cierto que vivimos tiempos de declaraciones unívocas, de afirmaciones rotundas, de penalización de los matices. La crisis civilizatoria que parece vivir el planeta (en occidente y oriente, en el sur y en el norte) está trayendo como consecuencia, por un lado, la polarización ideológica radical, lo que resulta paradójico porque los más radicalizados llevan años hablando del fin de las ideologías. Digamos que la polarización, simplificándola al máximo, quedaría reducida a sistema y antisistema. Es decir, capitalismo voraz respaldado por masas indolentes dispuestas a seguir la senda de la autodestrucción o anticapitalismo dubitativo con masas rebeldes en busca de veredas aún enmarañadas.

Por otra parte, esta crisis ha hecho que las religiones, mandadas a recoger en sociedades laicas, modernizadas y racionales, hayan tomado un nuevo impulso. Desde el islam más militante y violento al radicalismo católico resistente a cualquier cambio que altere la lista de libros prohibidos aprobada en el Concilio de Trento, allá por 1562, pasando por las “marcas” cristianas de masas hipnotizadas a la obsesión dominante de la versión más conservadora del judaísmo. Cada fanatismo atrae a sus contrapartes, igual de enfermas de “verdad” y dispuestas a acabar con todo aquel que no piense como ellas.

Reconozco que me da miedo este entorno dogmático, de trinchera, que obliga a tomar partido en esta guerra abierta por gestionar nuestros miedos. Los dogmas, políticos o religiosos, asustan porque son inamovibles y siempre se definen contra “el otro”. Otra de sus características es que suelen negar la realidad e interpretarla, siempre, como una amenaza.

Los gurús, gestores de los dogmas, suelen tener pánico de la vida y pretenden obligar a sus seguidores a comportarse en la intimidad según una pautas morales que chocan de frente con cualquier planteamiento ético (es decir, social) de respeto a la diversidad y a las libertades individuales y colectivas. Suelen las religiones monoteístas ser grandes defensoras de la propiedad privada y de la libertad de comercio en nombre de la libertad individual. Sin embargo, los sectores más dogmáticos son intransigentes enemigos de la libertad individual en campos tan diversos como la sexualidad, el modo de vida o las ideas políticas.

Panamá es víctima de un emparedado de dogmatismo en el que se encuentran los sectores más recalcitrantes de la Iglesia católica (nostálgicos de la sacrosanta Inquisición) y los delirantes pastores evangélicos del diezmo y la resignación. Son esos sectores los que, según confiesa un triste ministro saliente, le han presionado para que no se deshaga el entuerto del recientemente aprobado Código de Derecho Internacional Privado. Es decir, la política no solo es patética secretaria de los intereses económicos más perversos, sino que también ejerce de diplomática de la peor versión de Dios en la Asamblea Nacional.

Nadie, nadie, puede decir qué modelo de familia es el adecuado o el éticamente aceptable. El único marco aceptable dentro de la ética es el que pone los límites razonables de los derechos humanos. Ninguno más. Los políticos deben hablar de ética y no de moral. Parece que la “educación y las convicciones” religiosas del ministro Fábrega no “riñen” con la prostitución, con el tráfico de personas, con el hambre y la desnutrición o con la explotación laboral de las personas. Tampoco parece que la Iglesia católica lo haya presionado para que frene el obsceno enriquecimiento de algunos de sus amigos en Panamá (“...es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Mateo 19:24, 25).

Es grave que, de algún modo, el presidente electo, Juan Carlos Varela, haya tomado partida en esta polémica sobre el asunto del matrimonio entre personas homosexuales o sobre la propia definición de matrimonio al firmar el vergonzoso y medieval Pacto por la Vida y la Familia. Entiéndase el nombrecito: Pacto por “nuestro” concepto de vida y por “nuestro” modelo de familia; siendo nuestro el de los católicos talibanes (que los hay y con mucho poder). Excluyente, homófobo, delirante, reaccionario y contrario a los derechos humanos, el Pacto es un mandato que el nuevo presidente debe desobedecer de forma activa. Si realmente, como ha afirmado, quiere ser el presidente de todas y todos los panameños, será razonable su (des) obediencia debida a este Pacto. De obedecerlo, estará dejando fuera de su gestión a más de la mitad de los panameños y panameñas entre los que se encuentran: madres y padres solteros, a los hijos e hijas de estas personas, a homosexuales, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexo, a menores embarazadas, mujeres que han decidido abortar y lo han hecho... Cualquiera que ahora vaya a lanzarse sobre mi yugular en la zona de comentarios debería primero mirarse al espejo antes de juzgar o decir qué modelo es el único y adecuado... Quizá se sorprenda.

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