VENEZUELA

Desafíos tras el triunfo opositor: George Youkhadar Allis

Desafíos tras el triunfo opositor: George Youkhadar Allis Desafíos tras el triunfo opositor: George Youkhadar Allis
Desafíos tras el triunfo opositor: George Youkhadar Allis

Más allá de las celebraciones, de las lamentaciones y de los sentimientos encontrados, me propongo analizar los resultados numéricos de las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre en Venezuela, en las que la oposición obtuvo 112 escaños en la Asamblea Nacional frente a los 55 del Partido Socialista Unido de Venezuela, de gobierno. Abordaré los factores estructurales y coyunturales que determinaron el resultado, y los desafíos que la oposición enfrentará en el complejo escenario económico y político que ese país vivirá en los años venideros, en función de las expectativas de los ciudadanos que favorecieron la amplia victoria de las fuerzas opositoras, respecto a mejoras socioeconómicas y del sistema de justicia.

La crisis por la que atraviesa Venezuela, sus causas y su incidencia en los resultados del 6D, más que coyuntural, debido a la caída del precio del petróleo, es estructural, como muchos analistas advertíamos desde hace más de una década. Ya lo expliqué en un artículo titulado “Elecciones en Venezuela, el personalismo político” (La Prensa, 30/3/2013), en el que me referí a los efectos negativos e irreversibles que se produjeron en la economía, debido a las políticas económicas del chavismo, con su llamado socialismo del siglo XXI, que irían in crescendo, a corto y mediano plazo, hasta generar la caída del aparato productivo, la carencia de productos básicos, así como las deficiencias estructurales del sector eléctrico, y la inseguridad personal y jurídica para la inversión privada, entre otras. Este combo de miseria no se superaría, de mantenerse la política económica del régimen, pues presentaba visos de insostenibilidad e inviabilidad, a pesar de que los altos ingresos petroleros le permitían mantener una economía improductiva, ineficiente e inequitativa a base de importaciones y dádivas sociales que nunca resolvieron los problemas estructurales de fondo, ni establecieron los fundamentos económicos y jurídicos para erigir un sistema sustentado en el libre mercado (diversificado, productivo, eficiente y competitivo) que generase altos niveles de riqueza sostenibles en el tiempo, capaz de fortalecer a una clase media que sacara de la miseria estructural a un amplio sector de la población pobre.

Ninguna de estas metas se puede alcanzar sin la introducción de reformas estructurales, algo que representa el mayor desafío para la oposición, dado el costo político y económico inicial que tendrían, frente a las expectativas de cambios, a corto plazo, en materia económica por parte de muchos de los votantes. Máxime cuando una parte importante considera que el esquema actual se debe mantener sin cambios. De forma que a pesar de obtener una mayoría calificada en la Asamblea Nacional, el meollo del asunto radicará primero en la capacidad de la oposición de mantener su bloque unido. Segundo, debe lograr un consenso para definir los pasos que lleven al desmantelamiento, rápido y gradual –según sea el caso y su capacidad política– de todo ese esquema económico que dio paso a la corrupción, inseguridad, quiebre del aparato productivo, aumento del desempleo, pobreza, crisis en los servicios de salud y un sistema educativo masificado con fines de control y proselitismo político, en detrimento de la calidad y de las verdaderas necesidades del país. La putrefacción de todo el aparato institucional de la República, con su crimen organizado, requiere cambios urgentes en aras de garantizar un estado de derecho en el que realmente funcione el equilibrio entre poderes y se resguarden valores elementales como los derechos humanos y la propiedad privada (tan cacareada en la Constitución de 1999), que el régimen utilizó para legitimarse.

En tercer lugar, tal vez el mayor de los desafíos, a mediano y largo plazo, sea enfrentar esa perniciosa y malvada cultura sociopolítica y económica del venezolano, muy arraigada en el paternalismo estatal, en el resuelve, en el facilismo, en la cultura de la corrupción que favorece al enchufado, en detrimento de los más pobres y necesitados, y en la pérdida de valores fundamentales, como la honestidad e igualdad de oportunidades ante la ley.

Por algo el propio Nicolás Maduro, en una de sus últimas intervenciones, horas antes de las elecciones y sin descontextualizar su aseveración, se refirió a una situación en que uno de sus seguidores le pedía y pedía, y Maduro le respondió que no todo era pedir y pedir, sino que había que producir. Pues sí, es cierto que estos viejos vicios en la cultura política y económica anteceden al actual régimen, pero fueron reforzados por este para ganar y mantener adeptos a su causa.

Aunque sin dejar perder la voluntad de cambio expresada en las urnas, no se deben acariciar muchos sueños a corto ni a mediano plazo, pues el camino se vislumbra lleno de desafíos y vicios culturales e históricos, que demandarán una rectificación del liderazgo opositor y su disposición de hacer reformas y mantenerlas, como política de Estado, a largo plazo. De lo contrario se correría el riesgo de volver a relegitimar el actual régimen político venezolano.

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