SOCIEDAD

Desapego: Robin Rovira Cedeño

Considero que no soy muy inteligente, pero sí muy observador, y hace poco observaba cómo una mujer en un autobús ocupaba el asiento de al lado con un niño de escasos años que, juzgo, era su hijo. De hecho, el niño no ocupaba propiamente el asiento, sino que permaneció todo el trayecto de pie, y allí hubiera podido sentarse alguno de los pasajeros que iban parados.

La escena fue obvia: lo que la mujer quería era desentenderse de su hijo. Alguien me comentó que a esto en sicología le llaman “desapego”.

Hay otras escenas, además de la que fui espectador, que resultan explícitas del desapego de los padres y madres hacia sus hijos. Como cuando algunos les compran videojuegos o celulares y hasta les dan dinero, con tal de mantenerlos entretenidos o de que “se pierdan” y no los molesten. Esto es, precisamente, lo que representan los hijos para algunos padres, a saber, una molestia.

Si un hijo llega a ser molestia para sus progenitores, tarde o temprano llegará a ser una molestia para la sociedad. Es aquí donde hablamos de “carga social”. Me gustaría hablar con optimismo en relación a este tema, pero no me es posible, debido a lo que acontece a diario.

Es mi opinión –sin ánimo de ser ofensivo, mordaz, sarcástico o petulante– el hijo o hija producto del desapego entre sus progenitores es eso, precisamente: un producto.

Dicho de otro modo, los hijos deben ser fruto del amor entre sus progenitores. Cuando hay amor hay sentido de pertenencia (en el buen significado de la palabra). Y esto es así, porque el amor es verdad, y la verdad une, crea lazos o sentido de pertenencia.

Un niño o una niña que crezca sin sentido de pertenencia lo hace con la falsa idea de que no tiene compromisos con nada ni con nadie. En otras palabras, es un menor que se desarrolla sin conciencia. Esta es la razón, hablando en forma general y no individual, por la que hoy en día se está formando una generación de jóvenes fríos y calculadores. Tal actitud me hace recordar a la de los nazis cuando decían que la conciencia era algo solo para niños y no para hombres.

Tenemos que introducir en el sistema educativo y en los medios de comunicación programas de sensibilización que sirvan de atenuante a este bombardeo de mala influencia que reciben a diario los jóvenes. Teniendo en cuenta que una cosa es la sensiblería y otra la sensibilidad.

Llama mi atención, por ejemplo, lo que una vez leí sobre Charles Dickens en el sentido de que él cambió la mentalidad de toda la sociedad inglesa de su época debido a sus obras literarias.

Si no hacemos nada con relación a nuestra juventud, seremos engullidos en la misma vorágine en la que están siendo tragados algunos países.

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