INCLUSIÓN SOCIAL

Desigualdad y criminalidad: René Quevedo

De nuevo se dan hechos violentos de alto perfil mediático, incluyendo esta vez a turistas extranjeros, lo que alimenta la sensación de una explosión delictiva. Ningún gobierno ha podido articular una respuesta sostenible a la escalada delincuencial. En los últimos 10 años, el tamaño de la economía se duplicó, pero también se duplicaron los homicidios y robos a mano armada, se triplicaron los delitos y quintuplicaron los pandilleros. Eso sin tomar en cuenta que las estadísticas delictivas solo reflejan la cuarta parte de la actividad criminal, pues según “Informes del Sistema de Estadísticas Criminales”, el 76% de las víctimas no reporta el delito (La Prensa, 21/2/2013).

Insistimos en soluciones policiales a problemas sociales y asociamos “prevención” con “presencia policial”, solo evitaremos la delincuencia cuando no haya necesidad de delinquir. Por otro lado, relacionamos delincuencia con homicidios (2% de los delitos), pero el hurto y robo simple (más del 40% de la actividad delictiva) parecieran menos importantes.

Intelectualizamos sobre la génesis social de la delincuencia, pero como sociedad hemos sido incapaces de implementar acciones concretas –no asistencialistas– para detener su avance. Las únicas “soluciones” se mueven entre el subsidio o ayuda social (estatal o privada) y la acción policial. Los resultados que tenemos son, ni más ni menos, producto de esa dicotomía.

Ronald Reagan dijo: “La mejor ayuda social del mundo es un empleo”. Pero en Panamá, el crecimiento del empleo no se ha traducido en oportunidades para todos, menos para jóvenes marginados, que a menudo se ven involucrados en hechos delictivos. Las estadísticas son claras: Entre 2005 y 2009, el 36% de la expansión del empleo benefició a menores de 30 años, pero entre 2009 y 2014 este porcentaje bajó a 7%. Cada año unos 88 mil jóvenes culminan algún tipo de programa formativo (educación media, técnica, universitaria, Inadeh, etc.) y comienzan a buscar trabajo. De hecho, el 95% de jóvenes pobres que culminan estudios secundarios ingresa a un mercado laboral que entre 2009 y 2014 empleó a trabajadores con una edad promedio de 45 años y 13.3 años aprobados de escolaridad. A este grupo se suma el 50% de jóvenes pobres que no termina secundaria, muchos de ellos son parte de los 219 mil “ninis” con edades de 15 a 29 años.

¿Qué perspectivas laborales tiene un joven que no culmina secundaria o que a malas la termina y sale a probar suerte en un mercado que exige más educación y madurez? Escasas. La juventud de pocos recursos parece “condenada” a una vida de informalidad, temporalidad laboral o, en el peor de los casos, a la delincuencia.

Los jóvenes menores de 30 años representan el 65% de quienes buscan trabajo, pero solo obtienen 7% de los nuevos empleos. En contraste, “aportan” el 60% de las detenciones que hace la Policía Nacional por año y el 54% de la población penitenciaria del país. Más que de “seguridad”, nuestro problema es de inclusión social.

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