EL MALCONTENTO

Despistes multitudinarios: Paco Gómez Nadal

El ruido es cada día más intenso. A golpe de mensajes de 140 caracteres o de campañas mediáticas para provocar el enloquecimiento futbolístico sin tan siquiera un asidero histórico razonable, las multitudes se despistan de lo importante.

Ocurre en todas las esquinas del planeta: en la Turquía encrespada contra un centro comercial que simboliza la soberbia del poder; en la Francia sembrada de ultraderechistas asesinos que igual muelen a palos a un joven de izquierdas que a una pareja homosexual o a un “sin domicilio fijo” (eufemismo muy afrancesado para mendigo); en la España de la mentira enquistada y la sociedad dormida; en el Estados Unidos del espionaje oficial, las cárceles privatizadas y los rentables juegos de guerra, o en la Panamá del insulto político, el desastre de lo público y la justicia empeñada.

Es el ruido lo que provoca este despiste multitudinario, quizá me atrevería a decir global. Nos provocan varios males para que no veamos las enfermedades reales de nuestros delirantes sistemas. Uno de los más dañinos es el de la amnesia colectiva. La imposibilidad de recordar quiénes somos nosotros (los desposeídos) y quiénes son ellos (los que cada vez poseen más). O lo más importante: cómo han llegado a ser lo que son y a costa de quién lo han hecho. Esa amnesia está provocada, entre otros virus, por el “adanismo”, esa terca manía de borrar de un gesto toda la historia y hacernos pensar que todo empieza hoy, que no somos consecuencia de un acumulado histórico y que no tenemos responsabilidad en el continuo alimento de ese devenir. El adanismo, término acuñado por Ortega y Gasset para demarcar esa permanente tabula rasa que empaña el accionar de gobernantes y gobernados, niega el pasado y nos hace vivir en un irresponsable presente eterno exento de responsabilidades o, lo que es más grave, de corresponsabilidades.

Para Panamá el fenómeno no es nuevo, sino cíclico. El presente se enturbia con diferentes “marcas”, hitos referenciales paridos desde la política o la economía y amplificados por medios y publicistas. En esta técnica, Martinelli se ha convertido en un campeón. Pero me niego a quedarme en el presente absurdo de este gobierno absurdo y prefiero mirar atrás.

En estos días, una lectura –la de La hidra de la revolución, de Peter Linebaugh y Marcus Buford Rediker–, me ha llevado a otras para entender cómo abajo, en la base de la pirámide de explotación del capitalismo contemporáneo, ese que se cocina en las calientes aguas del Caribe y en la espesa sangre del esclavismo y el comercio marítimo, las categorías del poder no funcionan. Acumulación, propiedad privada, razas, monopolio de la violencia, justicia legal... son términos inútiles en la alianza de la “multitud variopinta” que superó el despiste impuesto al radicalizarse en su aislamiento de las mentiras repetidas. En Panamá también ocurrió. Descubro ahora –tarde, sin duda– el relato poético de Juan de Miramontes y Zuazola en Armas Antárticas, un infinito poema épico escrito a principio del siglo XVII en el que relata cual cronista la alianza entre los cimarrones de Bayano, los bucaneros y piratas que surcaban el Caribe y los indígenas enmontañados. No había razas ni estados, sino la imprescindible alianza de los de abajo para resistir a la imposición de un mundo ajeno a ellos y que solo les reservaba el papel de siervos y esclavos.

Ese pasado está en el ADN histórico de Panamá, al igual que lo está el incidente de la tajada de sandía (que no es un incidente, sino la concentración de un acumulado histórico en un instante) a finales del siglo XIX, o las luchas sindicales en el Canal de Panamá (símbolo del capitalismo atlántico y marítimo) a principios del siglo XX... y tantos otros esfuerzos populares por rescatar la dignidad usurpada y frenar el avance del proyecto colonial del que sigue siendo víctima el istmo.

En este momento electoral (es decir, de clientelismo exacerbado), en este cruzar de palabras y proyectos, en este teatrillo del presente-aislado-de-lo-que-somos, cuesta más no ser parte del despiste multitudinario, pero hay que intentarlo. Es cierto que los análisis de fondo, los cuestionamientos con historia o los debates estructurales son menos sexis para el público en general que un tuit ingenioso o que una columna irracional que provoque risa o espanto o que una oda a la selección nacional del deporte que nadie practicaba en Panamá... pero también es más responsable abordar el hoy desde cierta distancia y proyectar el mañana desde una conciencia clara del devenir histórico.

Los problemas estructurales no se solucionan con unas elecciones, sino que requieren de un debate amplio, riguroso y popular que parta de la (s) verdad (es) que nos constituye (n).

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