VALORES MORALES

Dignidad: Miguel Ángel Bolobosky Ferreira

Dignidad: Miguel Ángel Bolobosky Ferreira Dignidad: Miguel Ángel Bolobosky Ferreira
Dignidad: Miguel Ángel Bolobosky Ferreira

Argumento: “Año 1965; viuda, desempleada, sin profesión y endeudada. Cuatro menores de entre seis meses y nueve años de edad. Algún lugar de la República de Panamá”. Tema: “Dignidad”. Desenlace: “todavía en construcción, con obstáculos, pero avanzando”. Como este, miles de relatos nutren nuestra historia patria. Gente humilde que con esfuerzo y tenacidad supo transformar desdicha en oportunidad, comprendiendo que la vida es única y las oportunidades, sobre todo en materia de educación y valores, pasan volando y es vital aprovecharlas.

Moraleja: todo aquel que se comporte con decoro y se hace respetar es digno. La dignidad es el valor intrínseco y supremo que todo ser humano tiene.

Más allá de la guerra y los siete pecados capitales, cualquier forma de populismo y nepotismo resultan ser para una Nación, peor que la maldición de algún faraón egipcio. Ambas atentan contra la dignidad del ser humano. La primera por cuanto atrofia la capacidad innata de la persona en la búsqueda de alternativas de solución a las diarias dificultades que enfrenta; y la segunda por ser contraria a las propias leyes, la ética y la moral.

Más que ideología, las dos resultan ser un estilo, formas de gobierno que adolecen de vínculo político específico, puesto que son enarboladas literalmente por todo aquel que al igual que Maquiavelo acepte que el fin justifica los medios, eso sí, en su propio beneficio y no por el de la comunidad a la cual juró servir.

Y qué mejor para el logro de esos objetivos (obtención y mantención del poder) que la entrega indiscriminada de recursos. Programas como 120 a los 65 y la denominada beca universal son claros ejemplos. Ahora bien, el estilo se convierte en irrespeto cuando el objeto que supuestamente pretende resolver se transforma en incompetencia. Un propósito tiene mayor valor en la medida en que sirve mejor a la vida y desarrollo del ser humano, ayudándole a conseguir la armonía e independencia que necesita y a las que lógicamente aspira para mejorar su calidad de vida. Es por tanto esencial que las políticas sociales del Estado correspondan con la realidad, es decir, que sean perdurables en él tiempo; porque solo valores sólidos pueden conducir al desarrollo pleno de sus capacidades naturales. En resumen: la dignidad es un valor. Lo podemos descubrir en nosotros o podemos verlo en los demás. Pero ni podemos otorgarlo, ni podemos quitarlo. Es algo que nos viene dado.

Algunos considerarán que la solución a los problemas de la pobreza se relaciona con políticas sociales circunscritas a la redistribución de la riqueza. Quienes así opinan deliberadamente mienten, pues saben que es imposible repartir lo que no se produce. Incluso Jesús antes de repartir los panes y peces, de unos pocos multiplicó y luego repartió. Por ejemplo, una de las mejores herramientas para el combate a la pobreza y a la mala distribución de la riqueza se logra por medio de políticas antimonopólicas que generen competencia. Pero, ¿cuánto más podremos seguir repartiendo vía endeudamiento y lo que es peor sin producir nada a cambio? Seguimos generando “gastos” sin políticas coherentes en cuanto a resultados. Solo piensen en las siguientes cifras que nos entrega la Contraloría en relación con el gasto por alumno matriculado en el año 2013: mil 342 dólares.

La cifra aumenta considerablemente en materia universitaria: 2 mil 718 dólares. El presupuesto del Ministerio de Educación para 2015 alcanza la friolera de mil 510 millones de dólares. A pesar del gasto; los resultados son malos: Panamá ocupó el lugar 112 entre 144 países, según el resultado del Índice Global de Competitividad, que emite el Foro Económico Mundial. Además nuestro país obtuvo el lugar 115 a nivel de escolaridad primaria y el 125 en las ciencias y matemáticas.

Este valor singular que es la dignidad se nos presenta como una llamada al respeto incondicionado y absoluto. Un respeto que, como se ha dicho, debe extenderse a todos los que lo poseen: a todos los seres humanos. Por eso mismo, aun en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, esta seguiría siendo una realidad presente en cada ciudadano. “Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son esclavos” (José Ingenieros) .

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