REFLEXIÓN

La fe en Dios, el camino hacia un mundo mejor: Gloria Zúñiga de Preciado

“Confianza o creencia en algo o en alguien cuyas cualidades no necesitan ser demostradas”. Así define el diccionario la palabra fe. Ese alguien puede ser Dios para algunos, y para otros puede ser una persona o idea que representa en su vida un ejemplo a seguir.

Hay incontables ejemplos de personas que han dedicado su vida a perfeccionar este mundo en la búsqueda de un mejor futuro, aportando a la sociedad sus ideas, su trabajo y sus oraciones para que no triunfe el mal, entendiéndose como tal, las guerras, el narcotráfico, la prostitución, los crímenes, la impunidad, las dictaduras y la miseria por el egoísmo de tantos.

Sin embargo, ¿qué empuja a estas personas a actuar con tanta pasión, con tanto amor, con tanta entrega a pesar de tanto dolor y tanta maldad? La fe en Dios, sin lugar a dudas. Esa fe no se ve, pero se siente en el corazón, esa fe que permanece en lo profundo del espíritu de cada hombre y aunque muchos nieguen con la boca su fe, la afirman en sus acciones en la búsqueda del bien.

La fe en Dios nos da seguridad para caminar en esta vida con alegría, porque con ella se puede vencer toda duda, todo miedo, toda tentación, todo peligro, todo resentimiento y toda violencia. La fe guía al hombre a construir sociedades dignas y justas, a ser celoso defensor y eterno beneficiario de sus instituciones democráticas con igualdad de oportunidades, evitando la idolatría del dinero y el deseo insano de poder. Porque la fe vivida en su verdadera dimensión ayuda al hombre a ser más hombre y encontrarle el verdadero sentido a la vida.

Con la fe en Dios, el hombre tiene la fuerza con toda su dignidad humana de convertirse en un ser dotado de un gran espíritu que le permite luchar por perfeccionarse en lo personal y contribuir con sus conocimientos a mejorar el mundo liberándolo del egoísmo, de la iniquidad, de la soberbia, de la pobreza, de la destrucción de los valores, en fin, de los sistemas imperfectos para transformarlos en servicio a los demás que conlleva un amor inmenso a la humanidad.

Todas las religiones tienen su valor y debemos respeto a todos en su búsqueda de Dios y afirmación de su fe.

Para los católicos Cristo es el centro de nuestra fe, fe que se basa en un Dios salvador, que se hizo hombre, que nos libera del mal, que está dentro de este mundo con su presencia de amor en nuestras vidas. Así interviene Dios en la vida del hombre y la culmina con el misterio pascual: pasión, muerte y resurrección de Jesús. Pero, Cristo preguntó: “El Hijo del Hombre, cuando venga, ¿encontrará aún fe sobre la tierra”? (Lucas 18.8).

Cristo, que conoce tan bien el corazón del hombre, de la autosuficiencia que posee, de su soberbia que no necesita de Dios, de su creencia de que los misterios se explican solo con el desarrollo científico y que no existe el pecado, al momento de partir estaba convencido de que había que velar por la fe de sus hijos.

Hace escasos días escuchamos decir al papa Benedicto XVI, en su visita a México como peregrino de la fe, esperanza y caridad: “La confianza en Dios ofrece la certeza de encontrarlo, de recibir su gracia, y en ello se basa la esperanza de quien cree. Y, sabiendo esto, se esfuerza en transformar también las estructuras y acontecimientos presentes poco gratos, que parecen inconmovibles e insuperables, ayudando a quien no encuentra en la vida sentido ni porvenir”. “Es necesario que esa esperanza se arraigue con fuerza a través de una fe firme, para compartirla y difundirla como la luz que despeja las tinieblas”, agregó.

Y es que el hombre de fe siempre quiere colaborar con Dios en la reconstrucción del mundo destruido por el egoísmo.

Estamos en los días santos, conmemorando la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, época de arrepentimiento y de oración. Pidamos, pues, a Dios que vele por nuestra fe para poder vivir la esperanza en él; para que el futuro no deje de pertenecernos, y nuestros sueños no se conviertan en desgarraduras sino, por el contrario, mantengamos una fe viva en Dios, que como señaló el difunto papa Juan Pablo II debe ser “la primera fuente de alegría y de esperanza del hombre”.

Estoy segura de que con este pensamiento, Panamá, sus dirigentes y quienes ostentan el poder, empezarán a caminar verdaderamente en la ruta del amor, la paz, la concordia, la justicia, la igualdad, la conciliación, la libertad y la dignidad, tan anhelada y deseada por todos los panameños de buena voluntad. Y así vivir “la esperanza en Dios como una convicción profunda, convirtiéndola en una actitud del corazón y en un compromiso concreto de caminar juntos hacía un mundo mejor”, como dijo Benedicto XVI en México.

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