PUNTO MUERTO

Discusiones bizantinas: Berna Calvit

La polémica que presencié sobre el derecho de nacer no era sobre aquella famosa novela El derecho de nacer, del escritor y compositor cubano Félix B. Caignet, que se transmitió por radio en 1948, primero en Cuba con un éxito que hizo historia, y después en otros países. Creo que en el Panamá de mi niñez no había una casa con radio donde no se oyera la radionovela que a muchos puso a llorar; era la historia de un niño nacido de un amor clandestino y cuyo destino debió ser la muerte, excepto que fue salvado por la amorosa negra “Mama Dolores”, madre sustituta de Alberto Albertico Limonta.

En aquellos entonces como no se usaba la palabra “culebrón” para los melodramas por capítulos y no había televisión, se salvó de ser calificada de “teleculebrón”. Mi madre era uno de los miles de oyentes de la radionovela; cuando sonaban las primeras notas del fondo musical, el silencio era obligatorio para los cuatro hijos de doña Tina.

La discusión surgió por una noticia sobre el alarmante aumento de embarazos en niñas y adolescentes; no fue una discusión inteligente y serena sino un cruce de opiniones en el que no existía, en ninguna de las partes, la menor intención de siquiera “coger aire” para considerar los puntos de vista contrarios. Inflexible, con razones científicas, socioeconómicas, psicológicas, etc., uno se pronunciaba en favor del derecho de la mujer a decidir sobre el futuro de su embarazo.

En el otro extremo, la obligación de llevar adelante “el fruto de Dios”, se defendía con fundamentos en la religión, la moral, el trauma psicológico, etc. “Discusión bizantina”, me sopló una de esas neuronas que a veces hacen bien su trabajo para despertar mi curiosidad. “Discusión”, dice el Diccionario de uso del español, de María Moliner, es “encender, suscitar, empeñarse, enredarse, enzarzarse en, entablar; mantener, sostener, tener, poner, someter a, cortar, zanjar; acerca de, por, sobre”. Acudí a internet, muleta tecnológica que me ayuda cuando necesito ilustrarme sobre lo que no sé (solo sé que nada sé), en este caso el origen de la expresión “discusión bizantina”. Del imperio bizantino se cuenta que en el interior de la ciudad de Constantinopla, los sabios religiosos y seglares, presididos por el emperador, se reunían para discutir los “profundos” problemas teológicos que preocupaban a los estudiosos de aquel centro de la cristiandad: ¿Tienen sexo los ángeles?, ¿Cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler? Que también discutían cuánto pesaban los ángeles, me dijo alguien. Entretenidos en discusiones de esta naturaleza llegó el enemigo; Constantinopla cayó en manos de los turcos otomanos y el imperio bizantino dejó de serlo. Una historia rica y “enrevesada”. En síntesis, que discusiones bizantinas son las discusiones intrascendentes en las que se pierde tiempo y se descuidan asuntos importantes. Hay discusiones no bizantinas, pero igualmente estériles si la sesera está cerrada, lo que imposibilita aceptar que tal vez la razón está del otro lado.

Hace años decidí no discutir; digo lo mío y hasta allí. O no lo digo. ¿Puede una discusión convertir en religioso al ateo, o al homofóbico en simpatizante de la causa gay? Todavía no he visto que suceda. Es tan difícil como buscar una aguja en un pajar que los que discuten no piensen “yo tengo la razón”, “este no sabe lo que está diciendo”. Si el ánimo no está dispuesto para escuchar y ponderar la posibilidad de que tal vez la razón está del otro lado, la discusión es pérdida de tiempo y a veces hasta de “la dulzura del carácter”. ¿Discutir con el presidente Martinelli si fue o no de mal gusto decir al periodista Cala, de CNN, que todos los que lo critican son unos vagos, envidiosos y bochinchosos que no contrataría ni para vender helados? No es cierto. ¿O sobre la jactancia infundada de decir cuando inaugura alguna obra (acueducto, carretera, etc.), “que ningún gobierno anterior la había hecho”.

Cuando las cosas llegan a un punto muerto y el otro “está trepado en la mula” se gana perdiendo, decisión difícil porque también la soberbia juega su papel. Una salida airosa que da resultados es cortar la discusión preguntando ¿Qué hora es? ¿Sabes que Fulana se casó? O, “¿Cómo te va con el carro nuevo?”. Sacar el celular y decir, ¡Huy, tengo cinco llamadas perdidas” es a prueba de fallos. Total, usted seguirá pensando que el otro está equivocado y lo mismo pensará él de usted. Fue provechoso de presenciar aquella discusión que me llevó a una mirada introspectiva. Me siento satisfecha de haber cumplido bastante bien mi propósito de no discutir con terquedad o “bizantinamente” aunque para lograrlo a veces me haga picadillo la lengua. No necesito convencer ni aclarar mis por qué. Yo solita “mirando aprendo” (como decía mi vieja) para formar mis criterios; seguiré compartiendo mis pensamientos con la mayor armonía posible con la gente que quiero, aprecio o admiro, y con aquellos de quienes puedo aprender. Sin proponérmelo, por razón de mis artículos, soy “persona pública”; como tal, me conduzco con las pautas que menciono arriba. “La única forma de salir ganando de una discusión es evitándola”, dijo Dale Carnegie. Y Noel Clarasó, escritor español, dijo: “Muchos gritan y discuten hasta que el otro calla. Creen que lo han convencido. Y se equivocan siempre”.

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