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LAVADO DE CEREBROS

¿Divididos?... vencidos: Javier Barrios D.

No abrigo dudas de que a los gobernantes, principalmente en países como el nuestro, no les conviene tener una población organizada y unida, de allí el pregón en las manifestaciones populares de protesta que exclama, “un pueblo unido, jamás será vencido”. Una comunidad organizada y monolítica, dirigida por líderes autóctonos, cuyo interés primordial no sea otro que el bienestar de su población, es muy difícil de engañar y de manipular y garantiza el éxito de los proyectos y acciones gubernamentales, pero igual, estarán prestos a oponerse a cualquier acto, por parte del gobierno, que afecte sus intereses.

El general Omar Torrijos, con la creación del poder popular (el representante de corregimiento, las juntas comunales y locales), y el Dr. Renán Esquivel, su ministro de Salud (el sembrador de acueductos), fundador de los comités de salud, dieron grandes pasos en esa dirección, pero, primero Noriega y después los distintos gobiernos que le han sucedido, dieron al traste con tan esperanzadoras iniciativas. Los diputados, cuya misión no debe ser otra que legislar, terminaron, con el beneplácito de los gobernantes, arrebatándole funciones que pudieran ser propias del poder popular, debilitando a quien debe ser su base de sustentación. Bendita política, desgraciadamente un mal necesario en democracia, la cual logra dividir a la población y que en la mayoría de los políticos prime el interés personal y partidista, la deslealtad, el transfuguismo, el clientelismo, etc., en perjuicio de la población y del erario público.

En las elecciones de 1994 los partidos se lanzaron a la contienda totalmente atomizados, con siete candidatos a la Presidencia, y el PRD, con todo y el estigma de Noriega –¡nadie podía creerlo! – terminó robándole el mandado a sus contendores, saliendo triunfador el Toro con solo el 33% de los votos emitidos. Sin embargo, pareciera que tanto él como muchos copartidarios, con el correr del tiempo olvidaron esos resultados, y cegados por la derrota en 2009 se sumaron a los miembros y simpatizantes de la extinta alianza triunfadora, calificando la derrota de Balbina como estrepitosa, vergonzosa, etc., producto de una desigual lucha de todos contra ella, en la que, sin embargo, obtuvo el 38% de los votos. Igual, obviamente, le hubiera ocurrido al Toro, a doña Mireya (que ganó con el 42%), incluso a Martín (que obtuvo el 47%), si todos los partidos se hubieran unido en su contra.

Ahora estamos en las mismas, el PRD y el panameñismo por la libre, peor aún, pues las fisuras internas son manifiestas. Los denominados “dinosaurios” de ambos partidos, inconformes, despechados, clientelistas o vengativos (cada quien que tome su etiqueta), sin comprender que “calladitos se ven más bonitos”, han llegado a un punto en que los candidatos bien podrían decirles que con amigos como esos no se necesitan enemigos. Mientras, el presidente Ricardo Martinelli disfruta del espectáculo, del cual él, maquiavélicamente, tiene mucha paternidad.

Está muy claro que la alianza PRD-panameñismo es inviable, no tanto por las diferencias históricas que los distancian, sino porque los candidatos no están dispuestos a bajarse por segunda vez, uno que le tocó por la vía democrática (al margen de un presunto acuerdo) y el otro que se hizo el harakiri. Ambos, distraídos con las burdas arremetidas inconstitucionales del presidente Martinelli (haciendo de chico malo y “Mismito” de bueno) y con todo el poder y la publicidad millonaria del gobierno, cuyo gasto pudiera rondar los $100 millones en su gestión (descarada campaña política para su partido y su candidato), convierten la contienda en una pelea de burro amarrado con tigre suelto.

En 2009, el Sr. Presidente, para no correr riesgo alguno, logró marear a Juan Carlos Varela, luego lo contaminó durante dos años y, una vez convertido en “monarca” (controlando todos los órganos del Estado), cuando ya no le era útil le sacó tarjeta roja, con desprestigio y sufrimiento incluido, a sabiendas de que una mancuerna PRD-panameñismo era (es) imposible, lo que le permitirá, con apenas un tercio de los sufragios, asegurar su triunfo, digo, el del “Mismito”.

Con su estrategia, el Luis XIV panameño (L´État, c´est moi) ha logrado, incluso, dividir más aún al pueblo panameño que, con un cerebro lavado, mareado y desprevenido, producto de la abrumadora propaganda, megaproyectos y paliativos estatales, gira en torno a cinco fuerzas, incluyendo a los independientes, lo que le impide percatarse de que sus necesidades básicas de alimentación (nutrición), salud preventiva, una educación con calidad, vivienda digna, etc., siguen desatendidas. Un pueblo en esas condiciones es, obviamente, vulnerable y, por ende, fácil de manipular. Cual corderito, las pierde todas.

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