REFLEXIÓN

Dolores y sueños de patria: Víctor Collado S.

La patria me duele en dos sentidos: uno, porque, como antes, volvemos a padecer un gobierno que no hace lo que dijo que iba a hacer y deja que pase lo que prometió prohibir; dos, porque por lo que vemos, olemos y oímos de la otra orilla, no parece que vayamos a tener el gobierno que quisiéramos como reemplazo.

Esto no es un dolor repentino, de aparición inesperada. Los síntomas del mal y el dolor mismo son de vieja data. Pensábamos que con el ejercicio de la votación universal el dolor iba a retroceder. Pero aplicada la receta obligada, a pocos meses el dolor se manifiesta intacto, con más bríos y desafiante. Así consta en la cuadrícula histórica del país.

Los que suben se encargan de encarnar a los que bajaron, y los que bajan no tardan en comenzar su cruzada criticando exactamente lo que ellos hacían pero con otro estilo. En el medio de uno y otros, el país padeciendo los dolores que ambos le provocan con el argumento de que lo están salvando.

Institucionalmente, la votación secreta sigue siendo el remedio adecuado para extirpar estos dolores patrios. Pero como cualquier otro medicamento, si erramos en la posología, el dolor puede empeorar o generar un mal peor. La ventaja (si cabe ese adjetivo) es que los dolores no son propios de una enfermedad terminal; todo por el contrario, la aflicción es controlable (el que desaparezca no es posible) si focalizamos correctamente la fuente del dolor.

Diagnosticar la fuente del dolor nos lleva a soñar algo mejor para el país.

Como todo organismo vivo, el país tiene tres órganos vitales con los cuales hace todo lo que sabemos de él. De esos, el Legislativo es un mal necesario con el que tendremos que seguir lidiando sin antídoto alguno. Este órgano vital es el mejor ejemplo de que la democracia, como sistema de gobierno, le da al pueblo el derecho a equivocarse. Lo malo con él radica en la cantidad de células que lo inundan y en lo bastante que consume de todo lo que el resto del cuerpo social produce. Su proclividad a la expulsión de leyes es casi patológica. Si produjeran menos podrían aspirar a ser productivos. Y nos ponen, anualmente, en la frontera de un asalto al miocardio cada vez que se deciden a trabajar con la complicidad de la noche y de la madrugada. Los sueños sobre un mejor Legislativo nos producen pesadillas.

El Ejecutivo comparte la sintomatología del órgano anterior. Es, sin duda, otra piedra en el zapato con el que tendremos que seguir caminando por estos coladeros de Dios. Pero distinto a las congojas que nos genera el otro, soñar con un mejor gobierno nos resulta contradictorio y desconcertante. Elegir al presidente es ya un tiro al aire, un cara o sello. No son tantos como los otros, pero él solo a veces resulta visionario y a poco, se torna pueblerino. Sensible o improductivo. Autoridad de tuerca y tornillo pero, al mismo tiempo, blandengue de feria. Se vende como estadista y lúcido, pero una vez prueba la miel del poder, se torna loco a atar.

Soñarlo no da pesadillas pero nos mantiene en una permanente siniestralidad emocional como si también quisiera que todos fuéramos vesánicos como él tiene orgullo de serlo. Sin embargo, lo soñamos como un órgano transparente, con voluntad y coraje.

Hecho el inventario, solo me queda soñar con el Judicial. Este es (o debiera ser) el único con capacidad para meter en cintura a los otros cuando se comportan como animales en soltura.

Si este puñado de hombres y mujeres, armados con experiencia y dignidad, se empinan por encima de su pecado de origen (el método para nombrarlos), para alumbrar la sala de recobro en la que se encuentra el país, con la solidez de sus deliberaciones independientes emitidas desde la solemnidad del secreto soberano, es más seguro que los dolores patrios desaparecerían y los sueños dejarían de ser nuestras angustias novembrinas.

Tengo dolores pero los sueños me los compensan.

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