DESBARAJUSTES AJENOS

´Échame a mí la culpa´: Berna Calvit

Cada mañana, durante las semanas que pasé fuera del país, me hacía el propósito de no leer las noticias de Panamá; temía que me estropearan momentos tan especiales al lado de mi gente. Gracias a cierto grado de abstinencia periodística viví días de cariño familiar, de “cansancio del bueno” por tanto trote navideño y el bien cumplido papel de abuela de un par de tecno-nietos adolescentes que vive con la tecnología cibernética en la punta de los dedos y cables que parecieran crecerles en las orejas, asunto al que dedicaré algún artículo en el futuro.

Las pocas veces que cedí a la tentación me alegró ver fotos de niños felices recibiendo juguetes regalados (por publicidad o por generosidad auténtica), jugando en los parques, estrenando bicicletas y pelotas de fútbol. Entre las malas noticias que dejan el mal sabor al que uno no se acostumbra ni por lo frecuentes que son, este año las de los jamones del incorregiblemente ordinario diputado Chello Gálvez; del imperturbable ministro De Lima disputándole a Salo Shamah y a Luis Eduardo Camacho la tarea de defender hasta lo indefendible; el aumento en la canasta básica; y como todos los años, tristes incidentes de niños quemados por las “bombitas”. Terminadas las vacaciones, con el ánimo dispuesto regresé al Panamá de mis amores.

En este primer artículo del año, considero conveniente recordarles a los lectores que el artículo de opinión solo expresa la opinión del autor, es decir, la mía. Hecha la aclaración, prosigo. No se siente igual leer las noticias cuando estoy fuera del país, que enterarme de ellas aquí, “en vivo y a todo color”. Mientras me ponía al día de los últimos acontecimientos nacionales, sin darme cuenta había empezado a tararear las primeras líneas de Échame a mi la culpa, la ranchera que tanto me gusta (ya sea que la canten Javier Solís, Rocío Durcal o Amalia Mendoza, la Tariacuri) cuyas primeras líneas dicen: “Sabes mejor que nadie que me fallaste/ que lo que prometiste se te olvidó...”. Más adelante, a pesar del desengaño y las malas jugadas de un amor traicionero, dice: “Échame a mí la culpa de lo que pase/cúbrete las espaldas con mi dolor...”. Qué bien le caería a nuestros gobernantes que nos echáramos la culpa de cuanta mala acción se les descubre; de todo lo que no ha sido capaz de corregir este gobierno (males heredados que antes eran malos y ahora no); de los italianos que dijeron que coimearon a funcionarios panameños para negocios con Finmeccanica; de los jamones de Chello, grueso chanchullo porcino. Me niego a ser culpable de que Marylín Vallarino enfile contra Giselle Burillo (la de la absurda palabra “Ampimízate”) y le asolee que favorece a empresas de “papelillo y maletín”; y que la emprenda contra la mimada ministra Alma Cortés (lucha de máscara contra cabellera) por asuntos parecidos en el programa “Mi primer empleo”. No soy culpable de que los indígenas se alcen para defender los recursos de sus comarcas; del descontento colonense; del caos en la ciudad por el exceso de obras simultáneas, ni de los irrespetuosos cambios de zonificación (Miviot). Qué fácil es acusar de ser enemigo del Gobierno al que critica, y meter en el “churuco” de “oposición politiquera” a los que no pertenecen a partidos ni tienen ni un cabito de concesión asfáltica, arenera o de estacionamientos en Tocumen.

Antes de viajar ya había visto asomar las peludas patas de otro escándalo mayúsculo; las investigaciones a Financial Pacific (FP) destaparon las maniobras de una exempleada que se alzó con varios millones de dólares; y también transacciones de la firma, que dicen los entendidos, son más turbias que las aguas del Matasnillo; agrava el caso la desaparición de Vernon Ramos, subdirector de Análisis de Auditoría de la Superintendencia de Mercado de Valores, quien estuvo investigando los manejos de FP. “Por querer hacerle daño al Presidente de la República se le está haciendo daño al país”, advirtió el ministro De Lima. A mi parecer esto no es posible a menos que el presidente sea como el rey Luis XIV, el llamado Rey Sol, que dijo “El Estado soy yo”. Si el ciudadano Martinelli se menciona en este caso por ser simple depositante de varios miles de dólares, no tendrá ninguna dificultad para salir bien parado cuando se aclaren los negocios de FP. El Gobierno debería poner todo su empeño en poner a salvo su reputación y en que se despeje cualquier duda referente al manejo de empresas financieras en Panamá y de proyectos extranjeros como Petaquilla Gold. Me causó satisfacción –de vez en cuando hay buenas noticias–, que en pocos meses el colegio Abel Bravo, en Colón, estrenará edificios; que las obras del Metro avanzan a buen paso; que el Mici será más estricto con los permisos para bares y cantinas que se manejan a través de Panamá Emprende; que el Instituto Panameño de Habilitación Especial sigue brindando excelente servicio a niños con necesidades especiales; que este año, pese a la indiferencia gubernamental y al día puente, grupos ciudadanos conmemoraron el 9 de enero de 1964 con la dignidad que merece y como no se había hecho en muchos años. Finalmente, como nada tengo que ver con los desbarajustes del Gobierno, de mí no esperen que diga “échame a mí la culpa”.

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