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Educación, un problema de Estado: César Rodríguez Valencia

Una conciencia sin educación es un abismo sin fondo. Una conciencia ilustrada es un volcán de ideas. En los tortuosos senos de la ignorancia se desciende sin saberlo, de error en error y de superstición en superstición, hasta ese abismo que se llama servilismo, y en esa escala que se llama ciencia, se asciende de horizonte en horizonte y de verdad en verdad hasta esa cumbre iluminada que se llama virtud.

La ignorancia degrada el espíritu y le hace revolcarse como larva inmunda en el lodo amargo de las pasiones serviles. La ilustración le da alas como águila tropical, para elevarse a regiones superiores y permanecer allí, sostenido y oscilante, por el soplo invisible de lo eterno, y es allí en donde aparecen esos talentos, con sus almas abiertas a las claridades imprevistas, de esas álgebras luminosas en las que el genio hace ecuaciones de inmortalidad.

La educación y la luz intelectual son el alma y la salvación de los pueblos; la inteligencia humana es un espejo en el que vienen a pintarse, por una inconcebible magia, las innumerables maravillas del universo.

¿Cuál es la misión más digna y noble del hombre y la mujer en este siglo? Educar a esos pueblos que son dueños de su propia suerte, preparando profesionales para que sirvan de medida del destino de esos pueblos. Ello es posible, porque el destino concede grandeza a los seres que alimentan grandes pensamientos.

Todos nosotros somos conscientes de que entre los más graves problemas que masacran la realidad nacional, la educación ocupa, sin duda, un lugar destacado, y su deficiencia continúa dejando secuelas que hoy lamentamos, como el desempleo, la delincuencia, el narcotráfico, la prostitución y la fuga de profesionales. La descomposición social tan dramática en la que vivimos no es más, sino reflejo de una política educativa, desatinada y vacía, que solo procura arrojar bachilleres y profesionales sin tener en cuenta la idoneidad humana y profesional. Ningún panameño se puede dar el lujo de desconocer que la calidad de nuestra educación se está muriendo lentamente, y no hemos hecho lo posible por rescatarla del profundo abismo infinito en el que la han metido, porque la política, la envidia, el odio y la ambición son los males más grandes de la humanidad.

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