GOLPE DE ESTADO

En Egipto, mubarakismo sin Mubarak : Betty Brannan Jaén

MYKONOS, Grecia. –Para los que desde afuera vigilamos lo que ocurre en Egipto, euforia ha dado lugar a pesimismo. “Todos nos sentimos egipcios” escribí en febrero de 2011, refiriéndome al “júbilo incontenible” de que un movimiento popular –“armado solo con Facebook y el poder de sus convicciones” (como lo describió un Premio Nobel egipcio)– hubiera logrado derrocar pacíficamente al dictador Hosni Mubarak, quien llevaba 30 años en el poder.

Pero en la misma columna expresé inquietud por el rol del Ejército egipcio en tumbar a Mubarak, lo que a mis ojos daba lugar a una continuación de la dictadura militar que bajo varios “presidentes” había gobernado el país desde 1952.

Como explicó Fareed Zakaria a la época (y cité en la columna): “Egipto es en verdad una dictadura militar... El Ejército no va a permitir calladamente que se instale un orden democrático que totalmente le quite los poderes y los privilegios”. (Fakaria dirige un programa sobre política internacional en CNN).

Bueno, después de la caída de Mubarak, el Ejército egipcio tomó las riendas del Gobierno temporalmente y convocó elecciones con relativa rapidez. Ganó Mohamed Morsi, de la Hermandad Musulmana; el consenso es que las elecciones fueron limpias. Pero en solo un año de presidencia, Morsi no solamente osó despedir a varios altos oficiales del Ejército sino que también se mostró autoritario, divisivo, pro islamista e incompetente en el manejo económico. Cuando viajé a Egipto en febrero de este año, encontré que las críticas de Morsi eran universales y que había desesperación por la situación económica; era temporada alta para el turismo, pero los hoteles estaban vacíos y los monumentos desiertos. El turismo estaba apenas al 10% de lo normal, me dijeron en febrero, y luego se ha informado que la situación económica en general –no solo en el turismo– es agobiante.

Así llegamos a las manifestaciones masivas que estremecieron Egipto en las últimas semanas. No es nuevo el dilema de cómo lidiar con un Presidente elegido legítimamente que incumple con las expectativas de su pueblo; sin embargo, la solución a ese dilema tiene que depender de mecanismos ordenados y constitucionales, sin permitir jamás que un Ejército se arrogue el derecho de, a la fuerza, sacar a un Presidente debidamente elegido. En Egipto, el Ejército ha detenido al presidente Morsi, suspendido la Constitución y nombrado un presidente interino que tiene características de títere. Eso se llama “golpe” en cualquier idioma, por más que haya quienes lo nieguen y por más que la turba haya celebrado el golpe con fuegos artificiales.

Quienes alegan que esto no es un golpe militar insisten en que el Ejército no intervino para tomarse el poder directamente sino para ejecutar la voluntad del pueblo. El error en ese argumento es que por los últimos 60 años, el modus operandi del Ejército ha sido, precisamente, gobernar tras bastidores, no directamente. Este golpe a Morsi simplemente confirma que Egipto sigue siendo una dictadura militar, con o sin Mubarak. Pueda ser que el Ejército estuvo dispuesto a permitir una pantomima de democracia que no amenazara sus intereses, pero queda claro que en Egipto el árbitro final de quién ocupará la Presidencia –con o sin elecciones– sigue siendo el Ejército, financiado grandemente por Estados Unidos. Por ello, los primeros indicios son que Washington se hará de la vista gorda sobre el golpe, porque, como dijo Condoleezza Rice en 2011, la política de Washington hacia Egipto siempre ha sido “buscar estabilidad a expensas de democracia”.

En esa columna de 2011, advertí que dado el rol del Ejército como árbitro del poder en Egipto, “el riesgo es que todo esto resulte en cambiar el dictador sin deshacer la dictadura, o sea, una versión egipcia de noriegato sin Noriega. Ojalá me equivoque”. Lamentablemente, ese riesgo se ha hecho palpable, solo que ahora lo podríamos llamar mubarakismo sin Mubarak. Todavía preferiría estar equivocada.

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