DESCOMPOSICIÓN POLÍTICA

Elecciones y cambio constitucional: Rubén Darío Córdoba Barría

La “compra de conciencias” por los partidos de gobierno pone en evidencia el galopante proceso de descomposición de la política y la sociedad panameña. Si bien este no es un fenómeno nuevo, ha sido llevado a magnitudes insólitas durante el actual gobierno. Lo mismo ha sucedido con la utilización sistemática de los recursos del Estado para favorecer al candidato oficialista.

Esto se da en el marco de un decidido proceso de concentración del poder político y económico en manos del Presidente y de su “círculo cero”, lo que debe despejar toda duda de que el triunfo del candidato de gobierno en las próximas elecciones sería un golpe terrible para la democracia panameña, porque todas las instituciones del Estado terminarían, definitivamente, en manos del actual mandatario y de sus socios, y el equilibrio que debe existir entre los órganos del Estado sería sepultado.

Ante este crítico escenario, estimo que si próximamente el proceso electoral no se polariza entre el candidato del Presidente y alguno de los de la oposición (resultando inminente el triunfo de José Domingo Arias), la única salida viable será que la oposición acuerde apoyar una sola propuesta presidencial, para derrotar al candidato oficialista e impedir un segundo gobierno consecutivo de Cambio Democrático, que acabaría con todo vestigio de institucionalidad democrática.

Durante el próximo gobierno, tal como cada vez más sectores aceptan, será necesario un cambio constitucional, porque lo que nos sucede como nación pide a gritos una reingeniería del Estado panameño para atemperar el desbocado presidencialismo criollo actual, equilibrar el poder, establecer mayores balances y contrapesos y dotar de verdadera autonomía a las instituciones que lo requieran.

La forma más democrática, participativa e incluyente de llevar adelante ese cambio es una constituyente, no reformas constitucionales como la última de 2004, elaborada, discutida y aprobada de espaldas al pueblo y hecha a la medida de los partidos que la impulsaron.

Algunos dicen que el problema no es constitucional, sino el casi generalizado declive moral del hombre y de la sociedad panameños, y agregan que la política es solo la parte más expuesta de dicha degradación.

A ello debo acotar que, en efecto, el problema político que tenemos no es exclusivamente constitucional, pero sí está potenciado por un diseño que concede demasiado poder al Presidente de la República y facilita que el Legislativo quede de rodillas ante el Ejecutivo, y que la Corte Suprema de Justicia esté al servicio del poder presidencial, entre otros importantes defectos en la manera en que están estructurados el poder y los derechos en la Constitución panameña. Corregir los desbalances de nuestro ordenamiento constitucional es fundamental en cualquier ecuación de cambio. Pero claro está, si ello no va de la mano con la educación en valores, con el combate a la pobreza y a la desigualdad extrema, y con el rescate de la familia panameña, entre otras políticas de Estado, no habrá cambio constitucional que valga y, ni siquiera “Jumbo man”, personificación de la política social del actual gobierno y máximo exponente ideológico de Cambio Democrático, podrá sacarnos de este lío.

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