EXPUESTOS AL CHANTAJE

Elegir entre bienestar o valores: Miguel A. Erroz G.

Gracias al esfuerzo de muchos, es común celebrar la importancia de los valores éticos y morales. Incluso nuestros líderes políticos aplauden la importancia de valores como los derechos personales, la honestidad, la justicia y la democracia. Sin embargo, a la hora de poner estos valores en práctica muchas veces flaqueamos. Reconocer que hemos adquirido buenos valores, pero que no siempre los ponemos en práctica, indica que tenerlos no es suficiente.

Hay otras razones que pueden llevar a actuaciones indebidas dentro y fuera del Gobierno. Quizás la más aparente es el egoísmo, sentimiento que conduce a pensar en uno y sus seres queridos, antes que en los demás. Pero el egoísmo se manifiesta en los individuos, independientemente de la conducta de sus gobiernos, ya sean eficientes o corruptos. No obstante, en sociedades como la nuestra el egoísmo juega otro papel, uno aún más siniestro.

Para entender el otro papel del egoísmo, cabe observar que la realidad puede colocar a personas en situaciones en las que son obligadas a elegir entre una selección injusta, a seleccionar entre sus valores por un lado, o su bienestar personal por el otro.

Por ejemplo, un número significativo de empleados públicos puede ser obligado a seleccionar entre seguir la orden injusta de su jefe político o ignorar la orden y arriesgarse a ser destituidos. Esta selección es íntima, pero nunca se hace libre de presiones externas. Las finanzas personales pueden quedar en peligro, tipo frecuente de coacción que atenta contra la familia. Bajo esta presión, la mayoría es coaccionada a actuar egoístamente.

En muchos países la estructura de poder dentro del gobierno habilita a los dirigentes políticos a coaccionar a los empleados públicos. Esto se hace evidente en la dependencia de los funcionarios con los gobernantes de turno; más allá de la legítima autoridad a dirigirlos, sus puestos son botín político, lo cual los hace rehenes de sus jefes políticos.

En estos países, la estructura piramidal de dependencia les permite a los dirigentes políticos coaccionar a numerosos empleados públicos, lo que incluye a fiscales e inspectores, y utilizarlos como secuaces personales. Esto, sumado a la autoridad que los funcionarios tienen sobre la ciudadanía y sus negocios, conspira para que una élite política extienda su poder coercitivo más allá del Gobierno, sobre la esfera económica y social del país.

Sin embargo, hasta el gobernante más autoritario requiere de colaboradores para ganar y mantener su posición. El resultado es que los políticos también se hacen dependientes de sus colaboradores.

El político que falle en otorgar favores, puestos y concesiones para obtener y mantener el aporte de partidarios y patrocinadores, no se sostiene políticamente. Por lo tanto, los partidos y las coaliciones exitosas han sido históricamente formadas con base en garantías de repartir el patrimonio estatal, disimuladas por astutos y bien pensados eslóganes.

El vasto alcance económico y social de los políticos proporciona grandes beneficios a aquellos que son aliados de la administración. Sin embargo, la restricción, la ineficiencia y la corrupción, mecanismos de coerción y de favoritismo político, le dificultan la vida al pueblo.

El resultado es que a menudo los derechos y los negocios del ciudadano común son afectados y para proteger estos, pueden verse forzados a incumplir procesos legales o a buscar el apoyo de un político para eludir la burocracia. La presión es establecida para que muchos ciudadanos busquen asociarse con políticos para proteger su bienestar personal, lo cual inadvertidamente perpetúa el sistema.

En resumen, en el proceso de asegurar su sustento, importantes sectores de la sociedad son expuestos al chantaje. La estructura de poder dentro del Gobierno, cuando está basada en un sistema de dependencias, crea situaciones que obligan a joven y viejo, pobre y rico, a seleccionar entre su bienestar o sus valores. Irrelevante de cómo lleguen a una decisión, vulnerarán la ética o la estabilidad socioeconómica familiar.

Este sistema que posibilita la coacción, animado por el egoísmo común, impulsa a empleados públicos, políticos, empresarios y la sociedad en general, hacia una conducta indebida pero en la mente de su autor, justificable.

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