COLUMNA INVITADA

Encrucijada política en España: Camilo José Cela Conde

Se decía que todo iba a cambiar en España en estas elecciones y así ha sido. Un pacto nuevo, jamás visto, resulta imprescindible porque ningún grupo cuenta con la mayoría absoluta, pero tampoco las sumas digamos naturales conducen a la capacidad de gobernar. Ni la derecha (Partido Popular más Ciudadanos) ni la izquierda (Partido Socialista más Podemos) ni mucho menos lo que podría considerarse el centro (Partido Socialista más Ciudadanos) alcanzan los 176 escaños necesarios. Con lo que entramos en la varita mágica de un gobierno en minoría que, como es lógico, solo puede ser del Partido Popular, el que ha obtenido más votos. Pero le será difícil lograr apoyos que permitan el que un gobierno así dure toda la legislatura.

Así que la verdadera novedad de las elecciones del pasado 20 de diciembre es que, por primera vez en la historia de la democracia española, el gobierno debe afrontar los retos inmensos que el país tiene por delante, lo que implica un pacto jamás visto y apenas imaginado antes. Con un añadido: es el Partido Socialista el que debe decidir cuál es ese pacto.

Los socialistas tenían el objetivo de conservar los 110 votos de 2011 y no lo han logrado ni de lejos. Si bien es cierto que han conseguido mantenerse, con cierta holgura, como segunda fuerza en el abanico parlamentario, su fracaso ha sido absoluto. Pero tienen la llave en la mano y, con ella, se ven ante la decisión estratégica más difícil de toda su historia reciente. Tienen que elegir entre garantizar la gobernabilidad o contribuir a una italianización de la legislatura española. Ninguna de las dos salidas les permite a los socialistas pensar en un futuro cómodo. Si optan por forzar un gobierno débil corren el riesgo de que unas nuevas elecciones tan próximas como inevitables lleven a que Podemos les arrebate el liderazgo de la socialdemocracia. Pero si el Partido Socialista intenta garantizar un gobierno estable, de nuevo son dos las opciones que aparecen y que le obligan a tomar una decisión de riesgos inmensos.

La primera opción para una estabilidad de la legislatura, del todo normal en Europa pero impensable hasta hoy en España, es que el Partido Socialista entre en un gobierno del PP o lo apoye desde fuera (que viene a ser lo mismo). De ser así, los socialistas se enfrentan al peligro del abrazo del oso con un agravante: que, a los ojos del ciudadano, el bipartidismo se mantiene yendo de la mano. Que socialistas y populares marcharían en contra de la tendencia de cambio, vamos.

La segunda de las opciones supone volver a lo de siempre: que sean los nacionalistas catalanes y vascos los que aseguren la gobernabilidad. Como resulta utópico creer que los soberanistas catalanes hagan presidente a Rajoy, sería toda la izquierda la que, con el apoyo nacionalista, llevaría por primera vez en la historia española a que no gobernase la lista más votada. La decisión crucial entre una y otra opción tiene que tomarla, ya digo, el secretario del Partido Socialista: Pedro Sánchez. Y la duda es el saber qué haría, en su lugar, no Zapatero, sino Felipe González.

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