BALANZA NEGATIVA

Érase un país…: Xavier Sáez-Llorens

Cuando uno llega a una edad madura, resulta natural hacer retrospección para comparar tiempos vividos con los actuales. No soy de los nostálgicos que añoran el pasado y piensan que lo anterior era mejor. Presenciamos, de hecho, momentos excitantes en tecnología y conocimiento científico que superan, con creces, lo previamente soñado. La juventud de hoy no es ni superior ni peor que la nuestra, solo diferente en modas, costumbres, pensamientos, defectos y virtudes. Conviene, no obstante, valorar algunas diferencias entre el país que teníamos hace 40 o 50 años con el que poseemos hoy en día. Lo fructífero debe proseguir, lo infructuoso cesar. Destaco lo que, a mi juicio, va en retroceso o franco deterioro.

Antes, la calidad de la enseñanza pública era similar a la privada, quizás con algún leve desfase. En los exámenes de ingreso a la universidad, las buenas calificaciones estaban homogéneamente distribuidas entre escuelas estatales y particulares. Los maestros eran sublimados porque se esforzaban en preparar y guiar al alumno para un exitoso futuro. Ahora, la brecha entre una y otra es abismal. Muchos docentes andan más preocupados por asuntos gremiales y políticos que por consideraciones pedagógicas. Las huelgas son frecuentes, las instalaciones dejan mucho que desear y los equipamientos tecnológicos destacan por obsoletos o ausentes. En los colegios privados se imparten clases de educación sexual integral, en los públicos se niegan. Paradójicamente, las tasas de embarazos en adolescentes, abortos clandestinos y enfermedades de transmisión sexual son muchísimo más elevadas entre alumnos de planteles oficiales. No se puede pregonar cero discriminación si el acceso a la información es dispar. Para colmo, se pretende reducir el adiestramiento en español e inglés y profundizar, aún más, en las relaciones históricas con Estados Unidos, recuerdos que deberíamos ir superando con el ejercicio de nuestra plena soberanía territorial y apertura diplomática, comercial y técnica con el mundo. Los bachilleres no sabrán hablar ni escribir, pero serán peritos en lanzar piedras a la embajada imperialista. Ese crónico complejo de inferioridad no nos deja salir del subdesarrollo.

Antes, la medicina era una vocación y los galenos gozaban de simpatía por su sacrificio, sabiduría y don de gente. Los médicos cumplían con sus obligaciones institucionales y, aunque había clínicas privadas, era común verlos asistir al domicilio del paciente que, por dolencia o pobreza, no podía desplazarse al consultorio con prontitud. Los gremios estaban presididos por académicos de prestigio y había mayor cohesión grupal para lograr reformas, primero en beneficio del enfermo y después en provecho del facultativo. Ahora, el médico ha perdido respeto y respaldo de la población porque se le percibe como prepotente, grosero, haragán y desproporcionalmente más interesado en su bienestar personal que en las necesidades del afligido. A las comisiones sindicales les falta poder de convocatoria porque los cabecillas son elegidos en reuniones diminutas entre amigos, no tienen suficiencia curricular y carecen de trayectoria deontológica. La indispensable unificación del modelo de atención ha sido bloqueada por décadas para mantener el pernicioso statu quo y satisfacer agendas particulares.

Antes, había mayor cordialidad ciudadana y convivencia pacífica. Predominaba la clase media. La concordia entre panameños y extranjeros era genuina. Los asesinatos (salvo los perpetrados por militares) y robos eran esporádicos. Se podía visitar lugares hacinados y salir de noche sin tomar precauciones adicionales. Los medios de comunicación no asumían el rol de los juzgados ni la justicia daba espectáculo para la galería. La Iglesia tenía un rol más espiritual que político. Ahora, las inquinas y venganzas son cotidianas, nadie confía en el prójimo. Se respira xenofobia y nacionalismo radical. La inseguridad ha invadido el entorno y acontecen crímenes abominables. Hay mediatización de la justicia y judicialización de la política. Hemos pasado de la impunidad de culpables a la penalización de inocentes. No hay presunción de honradez y la calumnia infundada se repite con asiduidad. Ningún periódico tiene credibilidad. Vivimos en teocracia, con lo religioso penetrando el terreno de los tres órganos del Estado, de la Policía Nacional y del presupuesto general. Las gestiones administrativas de la seguridad social y del transporte colectivo jamás habían sido tan mediocres.

No me gusta lo que veo. Prefería el Panamá de antaño. Los últimos gobernantes, ante las críticas, solo saben responder que tenemos un crecimiento económico extraordinario, un canal maravilloso y rascacielos por doquier. Esa fachada macroeconómica, sin embargo, oculta a una sociedad repleta de resentimiento, chisme, envidia, hipocresía, inopia, improductividad y corrupción a todo nivel. Hay basura en cada esquina, alcantarilla y río que estropea paisajes, genera pestilencias o causa inundaciones. Los conductores manejan por los hombros y se pegan al vehículo delantero para obviar el peaje en corredores. El ruido excede decibelios inocuos. El civismo no existe y colarse en la fila forma parte de nuestra peculiar identidad. Abogados y empresarios mafiosos mancillan la imagen patria, pero es al pueblo a quien toca pagar para revertir el daño provocado. El “juega vivo” es nuestra marca país.

Somos claro ejemplo de lo que atinadamente acuñó Vargas Llosa como “la civilización del espectáculo”: Una era de impostores y fariseos, donde la verdad es menos importante que la apariencia, en la que fingir es la mejor manera de ser y de vivir. Como no invirtamos en educación, ciencia y cultura ni trabajemos en tolerancia, transparencia y ética, el fracaso como nación progresista está garantizado. Para mañana es tarde. @xsaezll

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