MAL USO DE CALIFICATIVOS

Errores por esnob y por estrategia: Héctor Rodríguez Guáqueta

Los pronunciamientos de algunos lectores evidencian que no solo en los corrillos sindicales y universitarios se profesan sofismas conceptuales que cobran contagiosa gravedad en el tumulto agitador; confundir burguesía con oligarquía y tildar de fascista al no socialista, son apenas dos de esos contrasentidos.

La palabra burgo, en español, como en la mayoría de las lenguas occidentales, significa: pueblo, aldea. En la feudal edad media, la humanidad no campesina vivía concentrada en las ciudades en las que ostentaban las diferencias entre las elites o señores feudales y las masas pobres. Surgió, entonces, en quienes por su esfuerzo superaban la pobreza con el desarrollo de actividades como correos, transporte, comercio e industrias artesanales, la tendencia a establecer sus hogares en sitios intermedios entre ciudades, por logística y por aminorar los impuestos feudales; allí se fueron aglutinando más familias, constituyendo cada burgo y en globo la burguesía, que como elemento de cohesión cobró el peso específico para plasmar sus propias revoluciones contra el feudalismo. De ellas, la revolución inglesa, que abarca desde 1642 con el fin del reinado de Carlos I hasta 1689, y la francesa, en 1789, fueron las más connotadas. La burguesía organizó un sistema económico: el capitalismo, que por supuesto favorece la propiedad privada, razón de la antipatía de los comunistas hacia la retardataria burguesía. Karl Marx y sus seguidores, para frenar la salida cada vez mayor de emergentes, les llamaron, con saña, pequeños burgueses, pero no lograron cohibir el desarrollo de lo que hoy es la enorme clase media, la que soporta la mayor parte del peso financiero en los países y cierra paso al socialismo.

De manera que, aunque el esnob también aporta su cuota en la vociferación, al menos los líderes acatan las partituras doctrinarias, suscitando la animadversión a la clase media, en el contexto de la primitiva estrategia de emplear todos los métodos de lucha. El fin, según ellos, justifica los medios.

En cuanto a la supuesta similitud entre fascismo y lo que no sea socialista, es justo entender que aquel es una ideología autoritaria, del Italiano fascio, hija del nacionalismo, en él el Estado detenta todo el poder, minimizando los derechos privados; surgió en Europa entre las dos guerras mundiales (1918 y 1939), Mussolini fue su creador y Hitler le secundó con el nazismo, abreviación de nacionalsocialista. No cabe ni por semántica ni por la práctica, similitud de esas tendencias con las políticas derechistas, que defienden radicalmente la preservación de los valores y el derecho a la iniciativa y propiedad privadas.

Resulta más afín el socialismo con el fascismo por el espíritu omnipotente del Estado y el amilanamiento del individuo. El tratadista Jürgen Habermans consideró fascistas a los movimientos terroristas de extrema izquierda de la década de 1960. Pero, como lo estableció Goegels, el evangelista nazi, “hay que mentir y mentir y mentir, hasta que la gente crea que esa es la verdad”. Y así lo practica la vociferación tumultuosa.

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