INDUSTRIA TEXTIL

Esclavitud sin grilletes: Berna Calvit

Sucedió en Savar, ciudad cercana a Dacca, capital de Bangladesh. El desplome del Rana Plaza no debió ser sorpresa; sus fallas se conocían desde antes del derrumbe. La esclavitud “moderna”, ya no con grilletes y cadenas al cuello, sino con horarios y condiciones de trabajo infames y salarios de miseria, son componentes en esta tragedia a la que condujo la codicia y la práctica económica que llaman, y con razón, “capitalismo salvaje”, que “enconchabada” con el poder político –que no nos son desconocidos en Panamá– desprecian el valor de la vida humana.

Para “sacarle el jugo” a los metros cuadrados de la propiedad, a los cinco pisos construidos para centro comercial y oficinas se le agregaron tres y se transformó en fábrica de ropa y textiles. Lo que sucedía en esa trampa de muerte que albergaba a más de tres mil trabajadores ($38 al mes y otros con menos), es apenas una muestra de la codicia ¿humana? que deja mil 127 muertos y 2 mil 500 rescatados vivos, de los que aún no hay datos sobre mutilaciones u otras secuelas. 

En “el país de Bengala” los índices de pobreza son altos; el 90% de la mano de obra lo aportan mujeres; más de las tres cuartas partes de los ingresos de exportación proceden de la industria textil; la mano de obra barata e impuestos bajos lo convierten en sitio ideal para empresas transnacionales; el margen de ganancia es grande gracias a la explotación despiadada de los obreros, lo que sucede, principalmente, en el sudeste asiático; América Latina también aporta su cuota.

De cuando en cuando, con mucha pompa y discursos, los gobiernos, ONG y empresarios se reúnen para discutir sobre el trabajo esclavo, pero casi nada cambia porque a las empresas les sobra dinero para “salpicar” generosamente a las autoridades que les permiten operar legalmente (e ilegalmente).

La mañana del 24 de abril, los obreros no querían entrar al edificio; pisos y paredes estaban rajados. La noticia se publicó en los medios el día anterior; no sería extraño que los hayan acusado de enemigos del gobierno y de la empresa privada (como sucede acá en Panamá). Con megáfono los jefes anunciaban que el edificio aguantaría 100 años más, que si no entraban no se les pagaría y hasta fueron amenazados con palos. Esclavos de la necesidad, de la subsistencia básica, entraron. A las 9:00 de la mañana el edificio colapsó.

Cuando de entre los escombros se retiraban cadáveres y algunos sobrevivientes, a las autoridades, que no habían hecho nada sobre las violaciones denunciadas (cualquier parecido con Anam y los humedales o con abusivos cambios de zonificación del Miviot no son coincidencia), no les quedó más remedio que ir a detener a los culpables. ¿Por qué no actuaron antes? Porque “Poderoso caballero es don Dinero”.

En 2011, sindicatos de Bangladesh asesorados por sindicatos extranjeros propusieron un sistema de inspecciones no controlado por el gobierno. Wal-Mart, una de las empresas más grandes del mundo, fue una de las que objetó los $500 mil anuales que le costaría. ¿La vida humana no justificaba el gasto? El gobierno, callado. Esta catástrofe no es la primera que ocurre en Bangladesh; en 2005 otro edificio se desplomó y causó 64 muertes; anteriormente, en un incendio murieron 100 trabajadores atrapados por puertas cerradas o bloqueadas.

Artículos “de marca” que se lucen con satisfacción se fabrican en regiones del mundo donde los salarios de miseria garantizan ventas con precios exorbitantes. La cadena española El Corte Inglés negó en principio que algunos de sus productos se confeccionaban en el Rana Plaza, pero las etiquetas encontradas entre los escombros mostraron lo contrario. Esta tragedia ha ventilado algunos nombres cuya inmensa riqueza aparece en la lista Forbes, entre ellos Amancio Ortega, español propietario de Inditex (Zara) con fortuna estimada en $37,500 millones; el hombre más rico de España sube dos puestos en la lista respecto al año pasado y se coloca de quinto entre los más ricos del mundo.

Pero a Inditex (Zara) se le acusó en Argentina de operar clandestinamente a través de la “tercerización” con infames condiciones de trabajo, sin seguridad social; en Brasil la empresa fue obligada a una inversión social de 1.4 millón de euros para subsanar denuncias sobre trabajo subcontratado en condiciones análogas a la esclavitud.

A pesar de la crisis que atraviesa el país, el número de españoles en la lista Forbes 2012 aumentó de 14 a 16 respecto al año anterior; el segundo español más rico es Isak Andic, propietario de Mango (cliente en Bangladesh). Marcas deportivas (Nike, Adidas, Reebok, Fila, Puma y otras) han sido acusadas de usar mano de obra esclava, incluso infantil. La explotación humana es el rostro feo de algunas marcas exclusivas, de “caché” en la moda, el deporte, la tecnología, y hasta en artículos y productos “baratieri” deja ganancia.

La mano de obra esclava necesita de pueblos sin educación; de funcionarios tan corruptos y tan codiciosos como los inescrupulosos empresarios que explotan las necesidades de los pobres. ¿Conclusión?  La educación es el arma que derrotaría el trabajo esclavo. Pero he allí el problema. Para los explotadores la educación no es buena inversión. Un pueblo educado no se dejaría explotar.

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