ESTÍMULOS NEGATIVOS

Escollos hacia una constituyente: Miguel A. Erroz G.

En países donde no se goza de acceso a una justicia imparcial, es común percibir que muchos ciudadanos se apegan al poder en busca de oportunidades, dando vida a la creencia de que la ciudadanía padece de una naturaleza oportunista y le gusta el clientelismo. Esto es reforzado al observar que no se impulsa a los mejores candidatos ni se lucha por reducir el poder coercitivo del Ejecutivo.

Antes de ceder a este argumento y culpar a la víctima, es apropiado preguntarse si existen estímulos negativos que impiden impulsar a mejores candidatos y reformar la estructura gubernamental. La respuesta a esta pregunta es importante, pues esclarece el porqué la abrumadora mayoría de la población, personas buenas, limitan su aporte a quejarse en privado, y el resto se dedica a enmascarar y legitimar la estructura que le otorga poderes desmedidos al Ejecutivo.

¿Cuáles son estos estímulos negativos? Una fuente, ya conocida, es la dependencia. Esta se origina, por ejemplo, de leyes confeccionadas para habilitar a los políticos a castigar o recompensar a los servidores públicos, y así usarlos para extender su dominio sobre la sociedad. El resultado es que muchos ciudadanos temen poner en riesgo su bienestar económico y judicial, lo que los induce a capitular.

Otra fuente es el temor a la incertidumbre. Enfocados en que la población en su conjunto saldría beneficiada, cambiar las estructuras que le dan vida al clientelismo resulta beneficioso. Pero afirmar que la reducción en privilegios e impunidad beneficiaría a la mayoría ciudadana, no pasa por alto el hecho de que también crearía perdedores. El problema radica en que el sistema clientelista, por diseño, toca la vida de muchas personas en todas las esferas sociales, y es imposible discernir con certeza quién y cómo será afectado con el cambio. Cuando no existe certeza, incluso con el conocimiento de que la mayoría saldría beneficiada, la posibilidad de salir personalmente perjudicado es inquietante, lo que induce a la apatía o a la resistencia. La inquietud es mayor aún para quien ya es próspero, como lo son muchos empresarios y líderes de la comunidad, que tienen poco que ganar y mucho que perder.

Otra fuente de estímulos negativos se da cuando las metas comunes divergen de las personales. Por ejemplo, mientras existe un interés común en ver financiado a un movimiento que impulsa a candidatos que deseen instituir reformas estructurales, no existe el mismo interés en cargar personalmente con el costo y riesgo de patrocinarlo. Además, no hay urgencia en apoyarlo, ya que los beneficios de su triunfo serían aprovechados independientemente de si se ha contribuido personalmente o no. En contraste, debido a que no existe garantía de que dicho movimiento saldrá victorioso, muchos, incluso aquellos que comparten el furor contra la corrupción, se ven obligados a resguardar su bienestar; lo que implica patrocinar a las facciones con agenda clientelista, porque de triunfar conservarán la estructura actual con el fin de beneficiar a quien los apoyó (a diferencia del anterior). Los resultados no varían: agrupaciones clientelistas compuestas de partidarios autoengañados para sentirse bien, y una población que instintivamente descalifica la utilidad y viabilidad de toda agrupación política, excepto si su objetivo es sacar provecho. Una cuarta fuente de estímulos negativos nace del deseo de preservar nuestra identidad. El ser humano se identifica a sí mismo en términos de condiciones externas, como su posición, afinidades y el entorno que lo rodea. Cuando esto se altera, se sienten desorientados. Las personas saben que hay condiciones que crean problemas, pero forman parte de quienes son.

El clientelismo, la dependencia política y la falta de recompensa basada en el mérito forman parte de la cultura nacional y afectan las costumbres a través de las que se practica la política y los negocios, cómo conseguir empleo, cómo interactuar socialmente, etcétera. Es una percepción correcta que enfrentar estas prácticas cambiaría nuestra identidad, de lo familiar a lo desconocido. Este sentimiento le otorga a la ciudadanía un deseo, a veces inconsciente, para preservar el statu quo, sea cual sea.

En conclusión, los estímulos negativos explican los escollos que impiden reformar las constituciones y que obstaculizan el apoyo a candidatos que las impulsen. Permitirle a la ciudadanía, en su mayoría personas buenas, realizar estos objetivos recaerá en nuestra destreza intelectual (no moral) para idear rutas que esquiven estos y otros estímulos negativos que, aprovechándose de las debilidades humanas, impiden el cambio. Otras sociedades lo han logrado.

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