Estatuas y faldas

Guillermo Sánchez Borbón El domingo pasado sostuve que el Viejo de la Montaña jamás habría mandado a derribar las torres gemelas; se hubiera limitado a ordenar la muerte de Bush, Cheney y Ashcroft. Por lo menos en el último caso, habría sido una pérdida irreparable. Es un cavernícola del más rancio abolengo, y tan inteligente como cualquier murciélago. Copio un despacho de la EFE, fechado en Washington:

“El fiscal general de EEUU, John Ashcroft, ordenó tapar dos grandes estatuas semidesnudas que adornan, desde 1934, el gran salón de actos de la sede del Departamento de Justicia, informó la cadena de televisión ABC. De ideología muy conservadora y conocido porque suele rezar al comienzo de cada jornada y de algunas comidas con la prensa –en un país que suele separar religión y Estado– Ash-croft estaba molesto de que su fotografía apareciera, en las grandes ocasiones, con el trasfondo de uno de los senos de la estatua femenina. Con un coste de 8 mil dólares, se han instalado unas colgaduras de paño para cubrir las dos grandes estatuas. La figura masculina tenía cubiertas sus partes esenciales, mientras que la femenina llevaba una túnica que dejaba al aire uno de sus pechos”.

No fallan. Cuando los gorilas argentinos estaban en el poder, mientras asesinaban a miles de personas, vigilaban muy de cerca la vestimenta femenina en nombre de la moral. Prohibieron los vestidos de baño de dos piezas y obligaron a las mujeres a bajarse las faldas que querían subirles sus novios y la moda. A todo esto, los militares secuestraban recién nacidos para venderlos en el mercado negro, si es que cabe la expresión.

Lamento informarle a EFE que el pudibundo procurador gringo tiene importantes precursores locales. Hace un montón de años los curas de una iglesia (¿o era escuela?), ofendidos por los indios de bronce desnudos que escoltan a Bolívar en el hermoso monumento del casco viejo, decidieron limarles el (¿cómo decirlo sin ofender a los Ashcroft panameños?), bueno, tú sabes el qué. Fueron interrumpidos en plena faena por los crápulas de siempre, que obligaron a la policía a intervenir. Yo nunca he podido ver bien a cierta distancia, y no me he atrevido a acercarme lo suficiente para comprobar si llegó a consumarse el atentado. Los curas, por lo visto, no sabían una palabra de teología. Por automutilarse, Orígenes fue excomulgado (¿no decía uno de los evangelios que si pecabas por un ojo debías arrancártelo?) con un argumento que a mí me parece irrebatible: no tiene ningún mérito ser casto por falta de pito; la gracia consiste en tenerlo y no usarlo.

Los super moralistas son, por lo general, enfermos sexuales. El fiscal especial que acusó a Clinton por un acto de felación, exigió al presidente infinidad de detalles que no tenían nada que ver con los absurdos cargos que le formularon, sino con las frustraciones sexuales del acusador.

****Yo sabía que Bush iba a meter a EU en un lío. En su informe sobre el estado de la Unión, habló alegremente del eje del mal: Irán, Iraq y Corea del Norte. Con un vocabulario religioso no se pueden abordar las cuestiones políticas, porque es la mejor forma de no comprenderlas, o de agravarlas.

Veamos el caso de Irán. La población, harta de la teocracia que la asfixia, votó por el presidente actual, un hombre cuerdo que trata de sacar a su país de las tinieblas. Sus esfuerzos están severamente limitados por el poder del ayatolá. Cuando el atentado del 11 de setiembre, el gobernante lo condenó públicamente en términos inequívocos. A pocas cuadras de distancia, el ayatolá celebraba una concentración para condenar, a su vez, al gran Satán. Para sorpresa suya y de todos, la muchedumbre acogía sus anacrónicas fulminaciones con grandes risotadas, y cuando terminó el acto, la gente se dispersó dando vivas a Estados Unidos. Era una oportunidad única para el Gobierno norteamericano de trabajar por la normalización de relaciones, apoyando, con la discreción que aconsejan las circunstancias, al gobernante civil. Bush ha hecho exactamente lo contrario: debilitó al presidente y fortaleció al ayatolá. Es más, atizó, con gasolina de alto octanaje, las moribundas llamas de la histeria antiyanqui. Multitudes enfervorizadas recorren ahora las calles de Teherán aclamando a su teócrata y tronando contra el gran Satán. Es más, Rusia y Turquía han advertido a EU que se opondrán a cualquier acto agresivo contra Bagdad. Por último, Bush ha roto las negociaciones delicadísimas que se adelantaban con el orate de Corea del Norte para que no construyera armas atómicas. Pero el pueblo norteamericano tiene por fin en la presidencia al tonto con que siempre había soñado.

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